sábado, 5 de septiembre de 2015
LUCHA DE LOS ELEMENTOS
Negros nubarrones amenazantes oscurecieron el horizonte, pero Lorenzo se resistía a ser dominado.Lo intentaba allí en la lejanía, luchando a rayo partido, cual poderoso Neptuno emergente del mar de nubes. Rasgaba con su poderoso tridente las entrañas del ser plúmbeo, que, agonizante, seguía tintando la bóveda celeste, negándose a conceder la victoria al señor dorado.
La lucha se prolongó durante horas hasta que la luz cálida que emergía del cuerpo de Lorenzo fue apagándose, perdiendo brillo, desvaneciéndose entre las guedejas oscuras de su adversario. Y finalmente un telón de fina lluvia hizo su entrada en el escenario celeste, dando por concluido el primer combate.
miércoles, 10 de junio de 2015
NEGOCIO PELIGROSO
Con gran esfuerzo había conseguido reunir los 43.000
euros que costaba su último capricho:
una fotocopiadora 3D de última generación. La llevaba en el asiento trasero de
su furgoneta; bueno, todo menos el cuerpo central, de gran tamaño, que se lo
llevarían más tarde. Cada vez que paraba el coche en un semáforo, echaba una
ojeada, bien a través del espejo retrovisor, bien volviendo la cabeza y
mirándola directamente.
Todavía no había decidido dónde instalarla… ¿En su despacho?
Quedaba un poco alejado de su casa y tendría que meter horas extras, lo cual
mosquearía a sus compañeros, además de no saber cómo explicar qué era y para
qué lo había comprado.
Pero es que en casa no había sitio: la que había sido su
habitación de trabajo dejó de serlo cuando nació Leo, su hijo de 20 meses. Y el
resto de la casa era una extensión de la habitación infantil: el cuarto de baño
estaba invadido por un ejército de animales de plástico en perfecta formación
en el borde de la bañera; la cocina disponía de varios cestos para la ropa
sucia, trajecitos esperando para la plancha, biberones y latas de leche
infantil de crecimiento, además de varios camiones “aparcados” en mitad de la
cocina; el salón había perdido la categoría de tal al instalar en él un parque
infantil para tener al niño controlado cuando había que tener los ojos en otra
cosa… Su dormitorio permanecía todavía alterado: la cuna había quitado su
puesto al espejo de pie y el tocador estaba en un rincón, convertido en
cambiador de pañales, y rodeado de toda clase de cremas y pomadas para bebé. A
pesar de todo, la casa parecía, por lo menos, limpia.
Tenía una lonja bajo el piso, al lado del portal, donde se
quedaba a dormir cada vez que discutía con Claudia, su mujer, hecho harto
frecuente en el último año.
Allí había acabado su mesa de despacho cuando hubo que
preparar la habitación del niño. Había guardado además un archivo de papeles de
su padre y varias cajas de botellas de vino que nunca tenía tiempo de colocar
en la vinoteca de pequeño formato que había comprado en una subasta de eBay dos
años antes. Un sofá de tres plazas completaba el mobiliario.
En la estancia todavía quedaban treinta metros cuadrados sin
ocupar, por lo que había sitio de sobra para instalar allí la impresora. Así no
tendría que dar muchas explicaciones porque seguro que Claudia montaría en
cólera si se enteraba del precio de la máquina; solo diría que era una
impresora que había heredado de la oficina.
Aparcó al lado de la puerta de la lonja para poder descargar
los cuatro bultos que llevaba en el coche. Luego solo le quedaba esperar a que
le trajeran el cuerpo central de la impresora, el que contenía el escáner 3D.
Le habían prometido traérselo en tres horas, al terminar los chicos de reparto
el recorrido que tenían que cumplir. Él había aceptado gustosamente porque de
esa manera le ayudarían a montarla.
Decidió no subir a casa todavía. Se quedaría esperando allí
tomando un vino para celebrar la compra. Se dirigió a las cajas de vino y sacó
una botella: Álvaro Palacios L’Ermita
2006. Un buen crianza, una auténtica genialidad, perfecto para una ocasión
especial y ¡la impresora lo era!
Sacó un decantador y se dispuso a esperar: ese vino
necesitaba por lo menos dos horas de reposo. Anticipó el sabor de Garnacha y
Cabernet Sauvignon con el toque afrutado de la barrica nueva de roble francés,
y su boca empezó a segregar líquidos.
Le gustaría poder contarle a su compañera lo que tenía entre
manos, pero sabía que ella era remisa a aventurarse en el mundo de las
tecnologías y más, si suponía un experimento sin precedente. Divagó en absurdas
posibilidades de que eso ocurriera…
Un tiempo después, inclinó el decantador y se sirvió una
copa. La agitó en breves círculos y aspiró: intenso el aroma de la fruta; leve
pero firme el de la barrica. Dejó vagar los ojos por el ribete granate de la
lágrima perfilada en el cristal hasta que se decidió a catarlo. Envolvente,
sabroso, aterciopelado y bien equilibrado. ¡Un maravilloso vino tinto del
Priorat!
Cuatro horas más tarde se hallaba más que excitado
acariciando ahora la cubeta de los polímeros, ahora el escáner tridimensional.
Le habían explicado perfectamente el funcionamiento de la duplicadora de
objetos. ¡Podría poner en práctica esa idea que llevaba años soñando!
Sus cálculos le llevaron a valorar los beneficios que
obtendría a medio y largo plazo. En un principio, además de ese desembolso
inicial, tendría que pagar el palé de masa polimérica que había pedido a
Alemania… pero en cinco meses ya tendría un ejército de robots que ofrecer a las amas de casa ansiosas de abandonar
tales quehaceres.
Había comprado la patente de un robot de servicio doméstico
que había resultado poco interesante en la Feria de Patentes de París el año
anterior. Su inventor quedó tan frustrado por la falta de interés hacia su
robot que prácticamente se lo regaló.
Y entonces empezó su sueño: metería el robot-piloto en el
escáner de la impresora 3D y fabricaría cinco elementos cada día. Eso suponía
que en un mes, si podía escabullirse de las obligaciones familiares, conseguiría
ciento cincuenta robots. Entonces empezaría la tarea más ingrata, la de buscar
compradores. Tenía que ser discreto para que su mujer no supiera que eran
invención suya, pero ofreciéndolos a diferentes empresas relacionadas con
grandes almacenes, saldrían al mercado en tres meses como máximo. Él no era
buen vendedor; por eso tachaba esa tarea de ingrata. Si las amigas de Claudia
lo compraban, estaba todo solucionado: ellas mismas le harían publicidad y
enseguida subiría la demanda como la espuma.
Estableció un periodo de prueba de la máquina. Utilizaría
diferentes objetos para determinar los tiempos y cantidades.
Se fue a casa con la sonrisa en los labios. Leo y Claudia
estaban ya dormidos. ¡No se había dado cuenta de la hora que era!
Al día siguiente realizó dos pruebas con un juego de
cuchillos con su tacoma. Anotó el exitoso resultado en un cuaderno que encontró
en un cajón de su mesa y que decidió que sería su diario durante todo el
experimento.
El segundo día de pruebas no fue tan bien como el primero y
escribió en el diario: “Segunda prueba.
Tiempo mal calculado. El resultado ha sido desastroso: tras las primeras capas
de polímero perfectamente delimitadas, la copia ha quedado incompleta debido a
la falta de tiempo para conformar las últimas capas del producto. Aparecen
trazas de polímeros sin aglutinante. Esto sucede no por falta de materia, sino
por un mal cálculo del tiempo. La siguiente prueba será a doble de tiempo.”
Un poquito decepcionado con el resultado, decidió que se
tomaría el resto de la tarde libre y jugaría un rato con Leo. Al llegar a casa,
fue al cuarto de su hijo, que todavía se hallaba echando la siesta. Claudia
estaba terminando de arreglarse, aunque en su opinión, no le hacía falta ningún
arreglo. Tenía una bonita figura que ella sabía hacer resaltar con la
vestimenta adecuada. En ese momento vestía un traje de chaqueta, adecuado para
la presentación del proyecto de su empresa, que debía explicar esa tarde a los
socios japoneses. Mientras terminaba de perfilarse los ojos, le pidió que se
hiciera cargo del niño ya que Lines le había avisado de que tenía un examen y
no podía quedarse de canguro. Él accedió de buen talante: eso le permitiría
escaquearse otra tarde sin que su mujer se molestara.
Sacó los cubos de encajar y ayudó a su hijo a poner cada
figura geométrica en su ventanita. De repente se le ocurrió que esos cubos
podían valerle para nuevas pruebas de la impresora… Cogió en brazos a Leo,
agarró las piezas de plástico y las llaves de casa y de la lonja y enfiló de
nuevo hacia la lonja.
Colocó a su hijo entre varias cajas dispuestas formando un
espacio cerrado, a modo de parque infantil y le dio una de las figuras y la
casita en la que debía encajarla. Mientras, encendió la máquina, la programó
para hacer dos pruebas y se sentó en el sofá. Encendió la televisión y estiró
las piernas. Enseguida le sobrevino una modorra intensa que le hizo tumbarse en
el sofá todo lo largo que era.
Llevaba un rato sin oír a Leo por lo que supuso que se habría
dormido. ¡Qué tranquilidad! Tenía que disfrutar del momento porque luego le
costaría mantenerlo entretenido si no se dormía pronto.
La impresora estaría ya caliente, lista para tomar las
medidas de los juguetes que iba a duplicar. Quería aproximarse al máximo a la
figura real que iba a reproducir, tanto en materiales como en colores,
incluidas las zonas marcadas por los golpes.
Cogió el cubo pentagonal de color rosa y lo metió en el
cubículo lector del escáner. Sobraba mucho sitio por lo que puso los otros
cuatro cubos también tras acercarse a donde el niño para recuperar la figura
que le había dado antes. Ahí estaban todos: el pentágono rosa, el cuadrado
verde, el círculo rojo, la pirámide azul y el triángulo amarillo. Eligió bien
los tonos de los objetos en la guía RAL-PANTONE de colores: 3014 para el rosa;
6032 para el verde; 2002 para el rojo; 5015 para el azul y 1010 para el
amarillo. Se aseguró de que hubiera cantidad suficiente de masa polimérica y
aglutinante y pulsó el botón de inicio.
La luz de la cabina empezó a parpadear mientras el escáner
tomaba los datos. En la pantalla apareció el mensaje “Delimitando medidas”, y se empezó a perfilar el dibujo de los
cubos de Leo. A partir de ese momento la máquina tardaría unos treinta minutos
en ofrecerle las réplicas.
Se dirigió nuevamente al sofá sin hacer ruido para no
despertar al niño. Cogió una revista de crucigramas y eligió uno al azar para
irlo resolviendo. El sopor lo invadió casi al instante y siendo incapaz de
mantener los ojos abiertos, se tumbó y se durmió.
Una hora más tarde abrió los ojos sin saber muy bien dónde
estaba. Le sorprendió escuchar la impresora en funcionamiento: no recordaba
haberla puesto en marcha siquiera. Se encontraba como anestesiado y miraba al
techo sin apenas moverse intentando situarse. De pronto se le hizo la luz:
había bajado a la lonja con Leo para copiar los cubos encajables de Playskool,
había cercado un espacio con cajas para tener al niño controlado, había
programado la máquina y al empezar con un crucigrama, se había quedado dormido.
¿Dormido? ¿Y Leo? ¿Y la impresora? Se levantó con celeridad
llamando al niño. Lo vio tranquilo sentado en el suelo con todos los cubos de
colores y se fijó que había otro juego de cubos encajados en la casita.
¡Increíble! Su hijo de tan solo veinte meses había logrado resolver el juego
que estaba indicado para dos años.
Un gorjeo le hizo mirar al otro rincón de la lonja: Leo
estaba encajando más cubos en la casita. Pero ¿cómo había llegado hasta allí si
estaba sentado en el suelo en el otro extremo? Miró hacia el primer lugar y…
efectivamente, se hallaba sentado en ese ángulo. Por lo tanto, había dos Leos
encajando piezas en dos casitas. Este descubrimiento le produjo escalofríos.
—¡Leo! —llamó. — ¡Ven con papá!
Los dos Leos le miraron y se levantaron; despacio y tambaleándose, uno;
con soltura el otro. No supo precisar cuál era el auténtico.
Empezó a pensar en qué hacer para identificar a su hijo: tenía dos Leos,
uno rápido al levantarse y espabilado con los cubitos; el otro, torpe en
movimiento y dubitativo con las piezas de colores. De pronto supo que su hijo
era el segundo, el torpe, el de movimiento lento porque ya se había asombrado
varias veces con los avances del niño desde el día anterior y algo le decía que
era imposible que fuera así.
En ese momento el falso Leo le miró fijamente como si supiera lo que él
estaba pensando. Tragó saliva y corrió a abrazar a su hijo, al verdadero, que
le sonrió agradecido. Tenía que mantenerlos separados: su hijo en casa y el
falso en la lonja. Con el niño en brazos subió a casa. Estaba otra vez
adormilado, por lo que lo dejó en el parquecito y fue a prepararle un puré para
cenar.
Media hora más tarde, con las verduras ya pasadas por el pasapurés y
vertidas en un plato de reborde verde metalizado —era el favorito de Leo—, se
dirigió a la sala de estar, despertó al niño y lo sentó en el sofá a la par que
buscaba un programa infantil en la televisión. Cogía pequeñas cucharadas de
puré que soplaba antes de metérselas en la boca al niño. Éste lo tragó todo sin
rechistar.
Después le cambió el pañal, le puso el pijama y lo acostó en la cuna.
¡Quizá estuviera de suerte y se durmiera pronto! Dio cuerda al juguete móvil
que colgaba de la pared próxima a la cuna. La musiquilla infantil empezó a
sonar llenando el aire de notas alegres que inmediatamente atrajeron la
atención del bebé. Éste miraba fijamente al osito y lentamente se le cerraron
los ojos. ¡Misión cumplida! ¡Seguro que Claudia alababa su buen hacer como padre!
Seguidamente fue a la cocina a preparar una ensalada de pasta, con la que
pensaba sorprender a Claudia. Hirvió los macarrones y los huevos, abrió una
lata de maíz dulce, otra de guisantes y vertió todos los ingredientes en un
bol, mezclándolos a su vez con mayonesa.
Nuevamente empezó a sonar la musiquilla del móvil infantil.
En ese momento llegó su esposa, que fue a ver al niño y volvió plenamente
satisfecha, comentando los avances que había observado en el vástago:
—¡Leo ya sabe dar cuerda al móvil!
Fueron ambos a la habitación a ver al niño. Él, incrédulo, descubrió que
ése no era el Leo que él había depositado en la cuna un rato antes. Se agachó y
vio al verdadero debajo de la cuna dormido. No viendo peligro para el niño, lo
dejó seguir durmiendo allí para no tener que enfrentarse a su mujer, a quien no
sabría cómo explicar todo lo ocurrido. Sintió vértigo por la situación y agarró
a su esposa por la cintura, preguntándole qué tal le había ido la reunión con
los japoneses.
Delicadamente se la llevó hacia la cocina para degustar la ensalada que
había preparado. Mientras, se devanaba los sesos intentando encontrar una
solución al problema.
La cena transcurrió en paz y armonía conyugal. El niño se había dormido
por fin, con lo que la pareja se quedó viendo una película en la tele. Claudia
estaba radiante y él todavía no sabía cómo solucionar el desbarajuste.
Cuando se acostaron, ella se durmió inmediatamente y él seguía sin dar
con una solución.
A las tres de la madrugada, todavía sin haber pegado ojo, se levantó, se
vistió y agarró la réplica de su hijo, cuidando de no despertarle. Lo llevó a
la lonja y allí se quedaron dormidos padre e “hijo”. Soñó que le cortaba el pelo y al despertarse,
le pareció un mensaje claro, un acto que debía cumplir. Fue a por unas tijeras
y empezó a recortarle las puntas. El pelo del niño se retorcía como si se
estuviera quemando; perdió consistencia y se deshizo, cual polvo y ceniza, a la
par que caía un líquido espeso color miel. Poco a poco la figura del niño fue
descomponiéndose quedando a un lado masa polimérica y al otro, pasta
aglomerante de color tostado. Los colores sonrosados de la piel infantil se
volvieron desvaídos.
Sintió pena y alivio al mismo tiempo. ¡Qué final más poco agradable para
el niño! Respiró al ver que la pesadilla se acababa.
Subió nuevamente a la vivienda y se introdujo en la cama, al lado de su
mujer. Antes de dormirse se prometió no volver a bajar al niño a la lonja. Ya
pensaría cómo sacar rentabilidad al suceso vivido. Por fin durmió un sueño
sereno, dejándose arrullar por Morfeo.
domingo, 3 de mayo de 2015
viernes, 1 de mayo de 2015
SUEÑOS Y DERROTAS
SUEÑOS Y DERROTAS
Animada, decidió subir por las escaleras de servicio. Serían
ocho minutos: tenía que ir hasta el undécimo piso. Según subía, iba pensando
qué hacer con el dinero del premio… Era una cantidad importante. ¡Podría
empezar un nuevo negocio!
Llegó al mostrador de entrega y depositó el paquete. Bajó
andando. Se dirigió a la puerta y salió, convencida de su derrota, y es que
junto al ascensor leyó ELEVAMOS SUEÑOS. Comprendió demasiado tarde que el
edificio absorbía la animosidad de los participantes, que al descender al nivel
cero bajaban sin un gramo de ánimo. ¡Les exprimía totalmente!
jueves, 16 de abril de 2015
sábado, 28 de marzo de 2015
LUCÍA AL TRASLUZ
Los que se van ya volverán.
Y si vuelven, ya no se irán.
Lucía se aplicó en terminar
su redacción para el día siguiente. Debía describir su forma de ser,
presentarse. Le había costado bastante sintetizar su compleja personalidad.
Releyó lo escrito:
Ante todo, soy Piscis. Prueba de ello es que
mi madre me trajo al mundo en las frías aguas del río al comienzo de la
primavera, con el deshielo. Siempre lo he dicho con orgullo: soy lo que no soy;
no soy lo que soy. Soy esto y eso, eso y esto; formas de ser complementarias.
Soy reservada, pero a veces me comporto de
forma muy descarada. Soy atenta, pero también me comporto de forma totalmente
vergonzante.
Me gusta mirar las nubes en el cielo y
descubrir sus formas aborregadas. He tenido que soportar el dolor cuando mis
hermanos de camada murieron. Me gusta trepar a los árboles y tirarme en plancha
a las aguas turbulentas del río. Me llama algo un día y al día siguiente lo
contrario.
A veces, simplemente por cambiar, hago las
cosas al revés de como las hago habitualmente.
¡Es la revolución! Creo que todavía no he
llegado a ser yo.
Su madre no tardó en saltar:
—Pero
¿qué redacción es esa? Te han mandado que te describas. Lo que has escrito no
tiene ningún fundamento. Tú no eres así: “una niña dulce, tranquila...” —engoló
la voz su madre—. Demuestra que eres digna hija del Hombre Lobo, que eso es lo
que has mamado desde cachorrilla.
Lucía
se calló. ¿Cómo iba a explicarle a su madre que su comportamiento cambiaba
según salía por la puerta? No era algo que ella pudiera controlar, pero desde
que lo había observado, había intentado controlarse y la verdad es que no le
había ido mal. Tenía miedo de que la descubrieran.
Recogió
sus cosas y se puso el abrigo y las botas. Era un atuendo bastante absurdo el
que llevaba: botas militares heredadas de un soldado que habían matado en el
bosque y un abrigo varias tallas mayor que solo le valía las noches de luna
llena porque en cuanto el astro comenzaba a decrecer, su atuendo parecía aumentar
dándole el aspecto infantil de la dulce niña que describía en su redacción y
que evitaba mostrar para no enfurecer a su madre, la Loba Feroz.
En
esas ocasiones se ocultaba porque ella necesitaba taparse para protegerse del
frío y alimentaba su alma escribiendo poesías. Había encontrado una cabaña
donde, una vez encendido el fuego, acariciaba las cuerdas de su alma y su mano
empuñaba la pluma para describir con avidez y gran dosis de imaginación el
estado ferviente de su corazón.
Percibió
que empezaba nuevamente el ciclo lunar y que tendría que desaparecer, hecho que
le complació en extremo. Se apercibió de sus útiles de escritura y su manta de
lana y se encaminó al refugio de madera. Estando cerca ya, notó la presencia de
una mujer. Se acercó temiendo asustarla. Era de edad indeterminada, larga
cabellera rojiza, rostro blanquísimo, ojos verdes y labios gruesos. Sus andares
denotaban un cierto grado de ser
espiritual suavizado por los movimientos de su larga túnica y sus alas de
libélula.
Se
giró tan rápidamente que la lobezna se sobresaltó. Esta maldijo su periodo
lunar que la hacía tan vulnerable. Abrió la boca:
—¿Quién
eres? ¿Qué haces aquí? — la interrogó.
—Soy
el hada de este bosque, dueña y señora de todo lo que ves. Vengo a concederte
un deseo. Sé que eres loba de nacimiento, mas no de sentimiento. Que matas
personas y animales en luna nueva y te ocultas a escribir sus epitafios y
memorias en luna llena. Te concedo que dejes una de tus dos formas: loba o
escritora. ¡Piénsalo bien! Una vez que lo hayas formulado, será irreversible.
Esto
sumió a la licántropo en un mar de dudas donde terribles sombras le incitaban a
aceptar una vez y a rechazarlo la vez siguiente. Antes de que pudiera siquiera
formular una pregunta, el hada continuó:
—Aunque
eres hija del Hombre Lobo y la Loba Feroz, fuiste tocada por mi madre, quien,
en un ataque de generosidad, te donó la oportunidad de poder vivir ambas
apariencias hasta tu mayoría de edad, fecha en la que debes decidir cómo
vivirás. Si eliges ser licántropo, caminarás a cuatro patas toda tu vida; si
decides ser escritora, serás Hada, Musa de la Inspiración, Viento de Felicidad,
en unos días, porque yo debo marchar al Reino Celeste y deseo dejar este lugar
en manos de alguien que realmente lo cuide y lo venere, y creo que tú eres la
más adecuada.
La
pequeña loba se dejó guiar por su corazón: no decidiría nada mientras no
hubiera pensado bien las dos opciones. Para ello, se sentó a escribir y
entretejió dos narraciones que contemplaban las dos posibilidades. La pluma era
su arma y fue este instrumento quien le guió. ¡Tenía tan claro que debía fiarse
de ella! ¡Un momento! ¡Esa era la clave!: ¡Sería escritora! Y hada, y musa, y
viento, y felicidad, y… …y ya nunca
más mataría a gente, ni vestiría el abrigo tan grande, ni calzaría esas enormes
botas, ni sentiría el desasosiego en las noches de luna llena.
Esta
decisión le permitió hacer realidad su sueño: ella es ahora el espíritu del
Amor, de la Prudencia, de la Felicidad, la Musa de la Inspiración… y pasa sus
horas escribiendo en el bosque que le dio cobijo cuando surgían sus temores.
lunes, 23 de marzo de 2015
A TRAVÉS DEL ESPEJO

Esta no es una historia normal,
sino al revés;
no tiene el título al principio,
aparece al final.
En caso de quererlo saber,
todo el relato habrás de leer.
Traspasé el umbral de
la alacena para coger el tarro que mamá me había pedido. Fui directo al estante
de la derecha, pero no, allí no había ningún tarro de ningún tipo, ni tan
siquiera un estante. Vi un agujero, me agazapé dentro y me dormí. Al despertar,
no podía salir. Me asusté: ¡iba a pasar allí toda mi vida! Rápidamente hice un
cálculo: unos setenta u ochenta años metido en ese agujero de la alacena…
Asustado, muy
asustado, asustadísimo, empecé a palpar las paredes de ese agujero en el que
estaba. Tenía que haber alguna otra salida… Me acordé de una peli de Indiana
Jones, en la que tocaban una palanca y se abría una puerta en el otro extremo.
Decidí que lo que debía buscar era una palanca, un asa, un botón, algo de eso…
y pensé en lo sucedido.
Miré en derredor: las ristras de ajos y cebollas colgadas del gancho
de la pared; los pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo
estaba en su sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y
viceversa.
Allí estaba el tarro
que me había pedido mamá: arriba. Pensé que se había equivocado, ya que el
estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que
daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos!
Sentí un escalofrío
que me caía por la cara, me mojaba el pecho y la espalda, me recorrió las
manos… Todo giraba. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a derrumbarme.
Me sobrepuse. Se me encendió la luz: debía de estar soñando. Pensando esto, ya
me tranquilicé. Abrí la boca y pregunté en voz alta “¿Dónde dices que está el
tarro, mamá?”. Pero mamá no contestó. Insistí. Oí su voz, aunque no entendí lo
que dijo.
Esperé un rato. Seguía observando los enseres allí guardados: la
balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Y
otra vez los ajos y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. Recibí un fuerte
impacto en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie
dura y transparente cubriendo el vano de la puerta. Miré a través de
ella. Allí estaba mamá. La llamé: “Mamá, quita este
cristal, que quiero salir.”.
Se oía a mamá seguía trajinando.
La llamé repetidas veces, a gritos: “¡Mamá! ¡Mamá!”
Me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se
balanceó y al instante traspasé la superficie de la pared de la cocina.
Este es el relato de ese día que, sin saber
cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
Pero, por si quieres saber cómo termina
esta historia,
de atrás para adelante la habrás de
leer.
PÁNICO
Una oleada rosa la invadió dejándole un futuro negro, muy negro,
más negro que el gato de la Muerte.
jueves, 12 de marzo de 2015
ESTRELLAS EN EL PELO
La pobra niña, ambicionando ser famosa, se plantó estrellas en el pelo pensando que así alcanzaría la gloria. Solo consiguió estrellarse.
miércoles, 11 de marzo de 2015
DE LIMPIEZA
Natalia selecciona un
CD de música marchosa, lo introduce en el abertura del aparato, que lo succiona
suavemente. Al momento se oye la voz de
Enrique Iglesias inundando toda la pieza. Abre la puerta del armario de la
limpieza, saca la aspiradora, enchufa el electrodoméstico y comienza su sesión
de baile agarrada al tubo del aspirador,
que se desliza en silencio por el parqué.
—Cof , cof, cof… ¡Ay, Natalia! ¡Hija, qué energía! —gruñe la aspiradora.
—No te quejes, Letizzia, que no es para tanto, y acelera que no tengo todo el día
—replica la joven.
—Pero si ya limpiamos ayer, hija, y no has
estado en todo el día en casa. ¿Qué hay que limpiar?
—Hoy vienen papá y mamá a cenar y ya sabes cómo
es mamá.
—¡Vaya si lo sé! La estirada de tu madre… —Letizzia mueve su gordo trasero color
naranja. No soporta a su antigua dueña. —¡Menos mal que se cansó de mí!
—Sí, mamá va a mirar todos los rincones a ver si
está todo limpio. Por eso tiene que estar la casa impecable —la convence
Natalia. —Bailandooo, bailando. Quiero bailar contigo, vivir contigo, tener
contigo una noche loca y besar tu boca… Oooo Oooooo… —imposta la voz
Natalia a la vez que mueve el tubo de la aspiradora.
—Cof, cof, cof, cof… —Letizzia no aguanta ese ritmo tan frenético. —Para, para un poco,
chica, que me estás ahogando…
—¡No, si va a tener razón mamá! —exclama
Natalia. —Ya estás vieja, Letizzia.
Así me lo dijo el otro día al pasar por delante de la tienda de
electrodomésticos. Se para ante el escaparate y me dice “Hija, deberías ir
pensando en cambiar de aspirador. ¡Mira qué
modelo tan coqueto!” Y yo le contesté que no, que todavía íbamos a
bailar mucho juntas…
—¡Ay, Natalia! Es que voy a cumplir ya veinte
años… Vieja no, pero cansada empiezo a estar. Yo, que era un modelo exclusivo
italiano hace veinte años… Natalia, no quiero que me jubiles todavía. ¿Qué
haría yo entonces? ¿Qué tal si me deslizas a ritmo de valls? Yo te enseño.
Verás: das un paso con el pie derecho…
Etiquetas:
ASPIRADORA,
DE LIMPIEZA,
DIÁLOGO
Ubicación:
Western Europe
domingo, 8 de marzo de 2015
EN CASA DE DOÑA MARÍA
Doña María deja su costura sobre la mesa, al lado de su caja metálica de galletas, y se pone en pie para ir a buscar a Rosario, que había entrado muy jovencita a servir en su casa.
—¡ROSARIOOOO! —grita—. Es menester que te acerques a Casa Pepa a recoger el encargo, que anda Eustaquio que necesita las bombillas para poner la iluminación del belén.
Pero Rosario, sorda como una tapia, no la oye, por lo que doña María manda a una de sus nietas, hija de su tercer hijo, que vive en Bilbao, en su busca. La niña sube al primer piso donde la mujer se halla haciendo camas.
—¡ROSARIOOOO! — grita la chiquilla. —¡QUE DICE LA ABUELA QUE VAYAS!
—¿Qué diseh, niña?—. El tono de la mujer denota a las claras que está verdaderamente sorda y, aunque no grita, su voz sobresalta a un par de gatos que yacen al sol en la galería.
—¡QUE BAJES, QUE TE LLAMA LA ABUELA!
** ** **
—¿Qué querrá la señora? Anda que con er día que llevo… ¡Pero cómo han puesto esto loh chiquilloh! Me pazaré toda la mañana ordenando loh dormitorioh. Voy a ver qué quiere.
La mujer deja la almohada que acaba de mullir y con paso cansino y carnes oscilantes se dirige a la escalera, que comienza a bajar agarrándose al pasamanos.
—Zeñora, que zi quié le doy la comía a loh chiquilloh. Pero tengo todavía lah camah sin hasé. ¡Ay, doña María! ¡Oy, oy, oy, qué dezorden hay en el pizo de arriba! ¡Digo! ¡Que han eztado loz chiquilloz jugando con lah almohadah de todah lah camah, haciendo caminoh en el zuelo, todah lah almohadah por el zuelo. ¡Oy, oy, oy, qué dezorden! ¡Qué dezorden! He empesao a cambiar lah zábanah. Doloreh me dise que lah deje zin cambiá, pero vamoh, que yo creo que ezo no ze puede hasé. Zeñora, el Uztaquio que fartan también lah pantallah de lah lámparah, y Remedioh, qué qué pone pa´comé.
Doña María se levanta y se dirige a la cocina a dar a la cocinera las órdenes precisas: tiene en casa a todos sus hijos y sus nietos. A continuación, va en busca de Dolores: será ella quien recoja las bombillas en Casa Pepa y, de paso, traiga dos cajas de yogures. ¡Bastante tiene Rosario con cambiar las sábanas de todas las camas y fregar el piso!
lunes, 2 de marzo de 2015
sábado, 28 de febrero de 2015
EL ARTE CONTEMPORÁNEO
Estaba yo pensando si un lienzo pintado de color blanco se puede considerar un "plagio" de todos los lienzos que venden sin pintar. Sí, ya sé que ARCO valora la idea, no el material ni el esfuerzo que supone llevarlo a cabo; solo el concepto. Pero es que ese concepto ya ha sido anteriormente utilizado en otros medios: por ejemplo, en una novela el protagonista está "espantado" de que su mujer y las amigas pijas que tiene le bailen el agua al autor de un lienzo sin pintar, lienzo absolutamente blanco, que lleva por título "Sin título". ¿Podríamos hablar de plagio? ¿Puede eso considerarse arte? ¿Puede ser vendido como obra realizada cuando en realidad solo muestra lo que ya había cuando se compró el lienzo?
Es solo una duda que me está rondando desde ayer. Si alguien puede clarificarme todo esto, se lo agradecería.
miércoles, 18 de febrero de 2015
sábado, 14 de febrero de 2015
ARLEQUÍN EN LA GRAN VÍA BILBAÍNA
Anochece en la Gran Vía bilbaína. Los árboles emiten destellos azulados creando un emotivo ambiente navideño. No llueve. No hace frío, aunque el termómetro de la farmacia marca solo cinco grados.
En cada semáforo varias filas de peatones esperan. De pronto, los semáforos de la primera intersección, que están dispuestos diagonalmente, se ponen en verde y un aluvión de personas se lanzan al asfalto. Todo el mundo tiene prisa. En medio de la carretera se empiezan a entrecruzar señoras cargadas de bolsas, parejas jóvenes con cochecitos de bebé, niños agarrados de la mano que van tirando de un hilo que sujeta un globo, … De repente, suena el pi-pi-pi que anuncia el cambio de color en el semáforo y los rezagados se apresuran, deseosos de alcanzar la otra acera.
En la acera opuesta a la entrada principal del Corte Inglés, que está en chaflán en la intersección de dos importantes arterias de la ciudad, junto a la sede del BBVA, cerca del cajero automático exterior, vemos una figura que coloca una caja de madera en el suelo y lentamente inicia su transformación. Saca un desgastado y descolorido traje de arlequín en el que se embute, se calza unas babuchas y, sentada, comienza a pintarse la cara. A través de la fina capa blanca se detectan sin apenas esfuerzo unas ojeras de color oscuro y profundas arrugas que le surcan el rostro. Los

Un niño la mira y le pregunta a su madre quién es, pero no obtiene respuesta. Una pareja de mediana edad comenta desde hace cuánto tiempo está allí, recuerdan cuando el traje era blanco como la nieve. Una mujer entrada en años se acerca a darle una limosna. Transcurren las horas y apenas ha recibido dos monedas. La gente pasa a su lado, pero nadie la ve. Se ha mimetizado con el edificio gris o quizá el edificio añejo la ha engullido.
domingo, 8 de febrero de 2015
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ- VERSIÓN CON DOBLE LECTURA
En
casa de mi abuela había una alacena junto a la cocina, con un ventanuco que
daba a un patio. Siempre pensé que era un mundo mágico, donde la realidad y la
ficción se confundían. Para mí, entrar allí era traspasar la frontera de la
realidad y adentrarme en un mundo diferente, algo así como cuando Alicia pasó a
través del espejo. Pero ¿cuál es la realidad? ¿Lo del otro lado? ¿Y por qué no
lo de este?
Esta no es una historia normal,
tiene el título al principio y al final.
Se puede leer al derecho y del revés,
por trozos de colores.
Este es el relato de ese día
que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
Traspasé el umbral de la alacena buscando dónde esconder el tarro de
mermelada que me había dado mamá.
Fui directo al estante de la derecha, pero no, allí no
había ningún estante. Desconcertado, pensé que me había equivocado, ya que el
estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que
daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos! Me di
media vuelta con el tarro en las manos.
— ¡Mamá! ¡Mamá!
Miré en derredor: los jamones colgados del
techo; las ristras de cebollas, del gancho de la pared; los
pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su
sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
Sentí el sudor que me
caía por la cara y por todo el cuerpo, tenía las manos mojadas… Todo me daba
vueltas. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a caerme. Se me pasó cuando
me di cuenta de que debía de
estar soñando. Pensando esto, ya me quedé más tranquilo. Abrí la boca y dije, casi gritando:
— ¿Dónde estás, mamá?
Pero mamá no contestó.
La llamé a gritos:
— Mamá, ¿dónde estás?
Seguía sin responderme...
¿Por qué no me contestaba? ¡Si mamá contesta siempre...! Quizá había salido al patio a tender la ropa…
Esperé un rato. Observé los enseres allí guardados: la balanza con su
juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Los jamones y las
cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
Y mamá que no contestaba…
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. ¡Bum! Me
di un golpe en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una
superficie dura y transparente cubriendo el
vano. Miré a través de ella. Allí estaba mamá.
— Mamá, quita este cristal, que quiero salir.
Mamá seguía trajinando como si no se hubiera enterado, absorta. La llamé a gritos:
— ¡Mamá! ¡Mamá!
Con mi tarro de mermelada en las manos, me eché para atrás
y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se balanceó y al instante
traspasé la superficie sintiéndome libre.
Este es el relato de ese día que, sin
saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
sábado, 7 de febrero de 2015
VARIACIÓN SOBRE UN CUENTO EXISTENTE
Esta no es una historia normal,
sino al revés;
no tiene el título al principio,
sino al final.
En caso de quererlo saber,
todo el relato habrás de leer.
Traspasé el umbral de
la alacena para coger el tarro que mamá me había pedido. Fui directo al estante
de la derecha, pero no, allí no había ningún tarro de ningún tipo, ni tan
siquiera un estante.
Desconcertado, pensé
que mamá se había equivocado, ya que el estante estaba a la izquierda. Pero… la
ventana –en realidad, un ventanuco que daba al patio- debía estar a la derecha.
¡Así lo recordaba yo al menos!
Miré en derredor: los jamones colgados del techo, las
ristras de cebollas colgadas del gancho de la pared; los pimientos, las
patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su sitio, pero al
revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
Sentí el sudor que me caía por la cara y por todo el cuerpo, tenía las manos mojadas… Todo me daba vueltas. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a caerme. Se me pasó cuando me di cuenta de que debía de estar soñando.
Pensando esto, ya me quedé más tranquila. Abrí la boca y pregunté en voz alta:
¿Dónde dices que está el tarro, mamá?
Pero mamá no contestó.
Mamá, ¿dónde está el tarro?
Seguía sin responderme. ¿Por qué no me contestaba? Si mamá contesta siempre. Quizá
había salido al patio a tender la ropa…
Esperé un rato. Seguía observando los enseres allí guardados: la
balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,…
Y otra vez los jamones y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. ¡Bum! Me di un gran golpe en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie
dura y transparente
Cubriendo el vano de la puerta. Miré a
través de ella. Allí estaba mamá.
— Mamá, quita este cristal, que quiero salir.
Pero mamá seguía trajinando como si no me hubiera oído, absorta. Volví a llamarla, esta vez a gritos:
— ¡Mamá! ¡Mamá!
Me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se
balanceó y al instante traspasé la superficie sintiéndome a salvo en la cocina.
Y hasta aquí llega el relato de ese día
que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
miércoles, 28 de enero de 2015
INSTRUCCIONES PARA CAMBIAR UNA BOMBILLA

INSTRUCCIONES PARA CAMBIAR UNA
BOMBILLA
PREÁMBULO
Si estando en casa con la luz encendida, de repente te encuentras a
oscuras, puedes suponer que tienes un problema: que te has quedado sin luz, que
no puedes ver lo que estás haciendo.
Lo primero es comprobar que efectivamente la solución está en tu mano,
que el problema es “solucionable al momento”. Para ello, prueba cualquier
electrodoméstico –enchufado a la red, claro- y si funciona, es que hay
electricidad; vamos que no es que la compañía eléctrica te haya cortado el
suministro por cualquier razón. (Las razones pueden ser muchas y muy diversas y
estar relacionadas con tu cuenta corriente, el dinero que tienes en el banco; pero
ese tema es bastante más largo y complejo de solucionar y está de más en este
caso).
Dando ya por hecho que el problema es de la bombilla, procedemos a
asegurarnos de que no se ha aflojado. Si al agarrar (con cuidado) la bombilla,
ésta se desprende del casquillo de la lámpara, es que estaba floja y
procederemos como si fuera una bombilla nueva que tenemos que cambiar.
Si no se desprende, es porque está bien enroscada y se ha fundido, con
lo que debemos proceder a cambiarla. Para ello seguiremos las siguientes
INSTRUCCIONES PARA CAMBIAR UNA BOMBILLA
En primer lugar y para evitar un calambrazo, quitaremos la luz de la
vivienda. No hay que olvidarse luego de volver a darle a la llave del cuadro
eléctrico si no queremos que se nos echen a perder los alimentos de la nevera,
lo que serviría como molesto ambientador con olor a pescado podrido o similar.
Y ahora nos proveemos de un guante o un trapo porque la bombilla puede
estar bastante caliente.
¡Manos a la obra! Sujetamos con cuidado la bombilla que vamos a
desenroscar y la desenroscamos; o sea, le damos vueltas girándola a la izquierda.
Para los que tienen mal definido esto, damos una pista: en el sentido contrario
a las agujas de un reloj.
Cuando ya nos encontramos con la bombilla totalmente desenroscada (lo
sabremos porque queda solo en nuestra mano, sujeta entre nuestros dedos y suelta
del casquillo del techo), procedemos a sacar de la caja (si viene en caja) o
del blíster (si tiene ese envoltorio) la bombilla nueva y la enroscaremos en el
casquillo que cuelga del techo, donde está la lámpara.
A veces es complicado darle vueltas girándola como las agujas del reloj
(¡hay que prestar atención, que antes era en sentido contrario!). Decía que a
veces es complicado porque nos cuesta girar nuestra muñeca (la de la mano, no
la que usábamos para jugar de niñas. Los chicos no jugaban con muñecas). En ese
caso, es más sencillo girarla con todo el cuerpo dando pequeños pasitos a la
derecha mientras mantenemos en alto la bombilla y vamos haciendo que se quede
enganchada en el casquillo. Es como si estuviéramos bailando con una bombilla
en la mano, lo cual es ¡bastante divertido!
Una vez enganchada del todo, procederemos a dar la electricidad de la
vivienda y luego accionamos el interruptor y voilá! La luz se hará y podremos
seguir con nuestro quehacer anterior a este percance.
martes, 20 de enero de 2015
RECUERDOS DE LA INFANCIA

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla en el que organizábamos los primos y amigos funciones de circo para los mayores.
Mi infancia son recuerdos de un jardín enorme que explorábamos las chicas a lo Indiana Jones espiando a nuestro primo y sus amigos.
Mi infancia son recuerdos de un emparrado bajo el que preparábamos jariguay de juanolas.
Mi infancia son recuerdos de un palomar al que entrábamos mi primo y yo por una trampilla del tejado a coger los huevos para hacer tortillas.
lunes, 19 de enero de 2015
lunes, 12 de enero de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
miércoles, 7 de enero de 2015
EN EL INSTITUTO

Y el gran mago con su palabrería convirtió a sus alumnos en palomas que salieron volando en sueños.
martes, 6 de enero de 2015
lunes, 5 de enero de 2015
domingo, 4 de enero de 2015
ADIVINA
- Su marido la va a dejar.
La señora salió sola del consultorio sentimental al que había acudido acompañada.
La señora salió sola del consultorio sentimental al que había acudido acompañada.
viernes, 2 de enero de 2015
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