Anochece en la Gran Vía bilbaína. Los árboles emiten destellos azulados creando un emotivo ambiente navideño. No llueve. No hace frío, aunque el termómetro de la farmacia marca solo cinco grados.
En cada semáforo varias filas de peatones esperan. De pronto, los semáforos de la primera intersección, que están dispuestos diagonalmente, se ponen en verde y un aluvión de personas se lanzan al asfalto. Todo el mundo tiene prisa. En medio de la carretera se empiezan a entrecruzar señoras cargadas de bolsas, parejas jóvenes con cochecitos de bebé, niños agarrados de la mano que van tirando de un hilo que sujeta un globo, … De repente, suena el pi-pi-pi que anuncia el cambio de color en el semáforo y los rezagados se apresuran, deseosos de alcanzar la otra acera.
En la acera opuesta a la entrada principal del Corte Inglés, que está en chaflán en la intersección de dos importantes arterias de la ciudad, junto a la sede del BBVA, cerca del cajero automático exterior, vemos una figura que coloca una caja de madera en el suelo y lentamente inicia su transformación. Saca un desgastado y descolorido traje de arlequín en el que se embute, se calza unas babuchas y, sentada, comienza a pintarse la cara. A través de la fina capa blanca se detectan sin apenas esfuerzo unas ojeras de color oscuro y profundas arrugas que le surcan el rostro. Los

Un niño la mira y le pregunta a su madre quién es, pero no obtiene respuesta. Una pareja de mediana edad comenta desde hace cuánto tiempo está allí, recuerdan cuando el traje era blanco como la nieve. Una mujer entrada en años se acerca a darle una limosna. Transcurren las horas y apenas ha recibido dos monedas. La gente pasa a su lado, pero nadie la ve. Se ha mimetizado con el edificio gris o quizá el edificio añejo la ha engullido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario