Don Diego se da la vuelta y se fija
en Sus Majestades, Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. Sus ojos oscuros
evalúan la colorida oferta de su paleta. Da unas pinceladas y tras vacilar
levemente, decide que el azul ultramar es el color más digno que puede llevar
una persona de la Casa Real.
Prosigue
su trabajo mientras se atusa el bigote largo, negro y espeso. Este gesto le
lleva a recordar su posición, pintor de cámara, el cargo más importante de los
pintores de la Corte, nada desdeñable para su edad: cincuenta y siete años. Le
ha costado cuarenta y cinco largos años llegar a ser reconocido como pintor,
porque su comienzo fue ciertamente modesto cuando se inició a los doce años en
el taller del maestro Pacheco, donde mostró una gran maña con los pinceles. También
recuerda cómo siete años después matrimonió con la hija de este.
Es,
por tanto, un hombre maduro, entrado en carnes, de figura un tanto rechoncha y
satisfecho de su trayectoria personal y profesional.