
Esta no es una historia normal,
sino al revés;
no tiene el título al principio,
aparece al final.
En caso de quererlo saber,
todo el relato habrás de leer.
Traspasé el umbral de
la alacena para coger el tarro que mamá me había pedido. Fui directo al estante
de la derecha, pero no, allí no había ningún tarro de ningún tipo, ni tan
siquiera un estante. Vi un agujero, me agazapé dentro y me dormí. Al despertar,
no podía salir. Me asusté: ¡iba a pasar allí toda mi vida! Rápidamente hice un
cálculo: unos setenta u ochenta años metido en ese agujero de la alacena…
Asustado, muy
asustado, asustadísimo, empecé a palpar las paredes de ese agujero en el que
estaba. Tenía que haber alguna otra salida… Me acordé de una peli de Indiana
Jones, en la que tocaban una palanca y se abría una puerta en el otro extremo.
Decidí que lo que debía buscar era una palanca, un asa, un botón, algo de eso…
y pensé en lo sucedido.
Miré en derredor: las ristras de ajos y cebollas colgadas del gancho
de la pared; los pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo
estaba en su sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y
viceversa.
Allí estaba el tarro
que me había pedido mamá: arriba. Pensé que se había equivocado, ya que el
estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que
daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos!
Sentí un escalofrío
que me caía por la cara, me mojaba el pecho y la espalda, me recorrió las
manos… Todo giraba. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a derrumbarme.
Me sobrepuse. Se me encendió la luz: debía de estar soñando. Pensando esto, ya
me tranquilicé. Abrí la boca y pregunté en voz alta “¿Dónde dices que está el
tarro, mamá?”. Pero mamá no contestó. Insistí. Oí su voz, aunque no entendí lo
que dijo.
Esperé un rato. Seguía observando los enseres allí guardados: la
balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Y
otra vez los ajos y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. Recibí un fuerte
impacto en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie
dura y transparente cubriendo el vano de la puerta. Miré a través de
ella. Allí estaba mamá. La llamé: “Mamá, quita este
cristal, que quiero salir.”.
Se oía a mamá seguía trajinando.
La llamé repetidas veces, a gritos: “¡Mamá! ¡Mamá!”
Me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se
balanceó y al instante traspasé la superficie de la pared de la cocina.
Este es el relato de ese día que, sin saber
cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
Pero, por si quieres saber cómo termina
esta historia,
de atrás para adelante la habrás de
leer.
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