miércoles, 29 de octubre de 2014

martes, 28 de octubre de 2014

FUERA DE MÍ






      

Enfilé la calle de la Esperanza disgustada por la agria discusión mantenida con Federico, que me acompañaba despotricando de mis salidas de tono.

Mi enfado iba en aumento y llegué a enojarme hasta tal extremo que comencé a percibir mi nariz como un apéndice nasal de enorme tamaño que ocupaba prácticamente toda mi cara.

Intentando ignorar tal visión, miré hacia el suelo, pero un bulto de mayor tamaño se interpuso: mi pecho izquierdo crecía y crecía sin parar y llegué a pensar que explotaría allí mismo.

Mi irritación creciente me hacía mascullar más y más burradas, cuando de repente noté que salía de mi cuerpo y sobrevolaba la calle viéndome a mí misma del brazo de Federico a lo largo de la rúa.

No era un espíritu ni un ángel ni nada parecido, mi cerebro procesaba rápidamente esta información. Simplemente sentí que me disociaba de mi cuerpo y me aterrorizó el hecho de sentirme fuera de mi funda terrenal.

En ese momento supe que padecía un terrible cuadro de estrés que me obligaría a someterme durante largos meses, tal vez años, a tratamiento psiquiátrico.

viernes, 24 de octubre de 2014

RECUERDO DE LA NIÑEZ





Mi hermana pequeña (tengo tres hermanas) siempre ha sido alegre y confiada, muy dependiente de los demás y, sobre todo, muy dicharachera, hasta tal extremo que había veces que se le mandaba callar y ella, obediente, no hablaba: cantaba.

       Recuerdo una tarde que ella no era ella: estaba callada y pensativa. Le pregunté el porqué de su actitud y empezó a balbucear. “Me quieren hacer vudú”, me dijo. A mí me entró la risa y exploté en carcajadas, pero mi hermana seguía seria y reconcentrada diciendo que era verdad, que tenía miedo y que no quería ir al colegio. Siguió así un buen rato, con pequeños escalofríos que recorrían su cuerpo.

       Enseguida aparecieron mis padres y mis otras dos hermanas y se repitió la conversación. En esta ocasión alargó su discurso explicando que era su nueva compañera de clase la “bruja” que le iba a “lanzar el maleficio”, que era una niña oscura y maldiciente y que le había confesado que tenía un muñequito de hacer vudú. También añadió que no podía estar a su lado porque no podía ni pensar de lo aterrada que estaba.

       Toda la familia intentó convencerla de que eso no podía ser cierto, que las brujas no existen, que nadie te hace vudú y menos una niña de diez años. Quedamos que al día siguiente las tres hermanas estaríamos pendientes de ella al entrar al colegio y en el recreo.

       A la mañana siguiente cada una de nosotras iba con su grupo de amigas, pero pendiente de la hermana menor, que entró en clase medio vacilante medio envalentonada.


Tras las sesiones de clase matutinas, salí al recreo buscando entre las niñas el rostro de mi hermanita. La vi sonriente y encantadora como siempre. Ella me confesó que la habían cambiado de sitio y ya no se sentía amenazada. Todo quedó en una simple anécdota.

jueves, 16 de octubre de 2014