Con gran esfuerzo había conseguido reunir los 43.000
euros que costaba su último capricho:
una fotocopiadora 3D de última generación. La llevaba en el asiento trasero de
su furgoneta; bueno, todo menos el cuerpo central, de gran tamaño, que se lo
llevarían más tarde. Cada vez que paraba el coche en un semáforo, echaba una
ojeada, bien a través del espejo retrovisor, bien volviendo la cabeza y
mirándola directamente.
Todavía no había decidido dónde instalarla… ¿En su despacho?
Quedaba un poco alejado de su casa y tendría que meter horas extras, lo cual
mosquearía a sus compañeros, además de no saber cómo explicar qué era y para
qué lo había comprado.
Pero es que en casa no había sitio: la que había sido su
habitación de trabajo dejó de serlo cuando nació Leo, su hijo de 20 meses. Y el
resto de la casa era una extensión de la habitación infantil: el cuarto de baño
estaba invadido por un ejército de animales de plástico en perfecta formación
en el borde de la bañera; la cocina disponía de varios cestos para la ropa
sucia, trajecitos esperando para la plancha, biberones y latas de leche
infantil de crecimiento, además de varios camiones “aparcados” en mitad de la
cocina; el salón había perdido la categoría de tal al instalar en él un parque
infantil para tener al niño controlado cuando había que tener los ojos en otra
cosa… Su dormitorio permanecía todavía alterado: la cuna había quitado su
puesto al espejo de pie y el tocador estaba en un rincón, convertido en
cambiador de pañales, y rodeado de toda clase de cremas y pomadas para bebé. A
pesar de todo, la casa parecía, por lo menos, limpia.
Tenía una lonja bajo el piso, al lado del portal, donde se
quedaba a dormir cada vez que discutía con Claudia, su mujer, hecho harto
frecuente en el último año.
Allí había acabado su mesa de despacho cuando hubo que
preparar la habitación del niño. Había guardado además un archivo de papeles de
su padre y varias cajas de botellas de vino que nunca tenía tiempo de colocar
en la vinoteca de pequeño formato que había comprado en una subasta de eBay dos
años antes. Un sofá de tres plazas completaba el mobiliario.
En la estancia todavía quedaban treinta metros cuadrados sin
ocupar, por lo que había sitio de sobra para instalar allí la impresora. Así no
tendría que dar muchas explicaciones porque seguro que Claudia montaría en
cólera si se enteraba del precio de la máquina; solo diría que era una
impresora que había heredado de la oficina.
Aparcó al lado de la puerta de la lonja para poder descargar
los cuatro bultos que llevaba en el coche. Luego solo le quedaba esperar a que
le trajeran el cuerpo central de la impresora, el que contenía el escáner 3D.
Le habían prometido traérselo en tres horas, al terminar los chicos de reparto
el recorrido que tenían que cumplir. Él había aceptado gustosamente porque de
esa manera le ayudarían a montarla.
Decidió no subir a casa todavía. Se quedaría esperando allí
tomando un vino para celebrar la compra. Se dirigió a las cajas de vino y sacó
una botella: Álvaro Palacios L’Ermita
2006. Un buen crianza, una auténtica genialidad, perfecto para una ocasión
especial y ¡la impresora lo era!
Sacó un decantador y se dispuso a esperar: ese vino
necesitaba por lo menos dos horas de reposo. Anticipó el sabor de Garnacha y
Cabernet Sauvignon con el toque afrutado de la barrica nueva de roble francés,
y su boca empezó a segregar líquidos.
Le gustaría poder contarle a su compañera lo que tenía entre
manos, pero sabía que ella era remisa a aventurarse en el mundo de las
tecnologías y más, si suponía un experimento sin precedente. Divagó en absurdas
posibilidades de que eso ocurriera…
Un tiempo después, inclinó el decantador y se sirvió una
copa. La agitó en breves círculos y aspiró: intenso el aroma de la fruta; leve
pero firme el de la barrica. Dejó vagar los ojos por el ribete granate de la
lágrima perfilada en el cristal hasta que se decidió a catarlo. Envolvente,
sabroso, aterciopelado y bien equilibrado. ¡Un maravilloso vino tinto del
Priorat!
Cuatro horas más tarde se hallaba más que excitado
acariciando ahora la cubeta de los polímeros, ahora el escáner tridimensional.
Le habían explicado perfectamente el funcionamiento de la duplicadora de
objetos. ¡Podría poner en práctica esa idea que llevaba años soñando!
Sus cálculos le llevaron a valorar los beneficios que
obtendría a medio y largo plazo. En un principio, además de ese desembolso
inicial, tendría que pagar el palé de masa polimérica que había pedido a
Alemania… pero en cinco meses ya tendría un ejército de robots que ofrecer a las amas de casa ansiosas de abandonar
tales quehaceres.
Había comprado la patente de un robot de servicio doméstico
que había resultado poco interesante en la Feria de Patentes de París el año
anterior. Su inventor quedó tan frustrado por la falta de interés hacia su
robot que prácticamente se lo regaló.
Y entonces empezó su sueño: metería el robot-piloto en el
escáner de la impresora 3D y fabricaría cinco elementos cada día. Eso suponía
que en un mes, si podía escabullirse de las obligaciones familiares, conseguiría
ciento cincuenta robots. Entonces empezaría la tarea más ingrata, la de buscar
compradores. Tenía que ser discreto para que su mujer no supiera que eran
invención suya, pero ofreciéndolos a diferentes empresas relacionadas con
grandes almacenes, saldrían al mercado en tres meses como máximo. Él no era
buen vendedor; por eso tachaba esa tarea de ingrata. Si las amigas de Claudia
lo compraban, estaba todo solucionado: ellas mismas le harían publicidad y
enseguida subiría la demanda como la espuma.
Estableció un periodo de prueba de la máquina. Utilizaría
diferentes objetos para determinar los tiempos y cantidades.
Se fue a casa con la sonrisa en los labios. Leo y Claudia
estaban ya dormidos. ¡No se había dado cuenta de la hora que era!
Al día siguiente realizó dos pruebas con un juego de
cuchillos con su tacoma. Anotó el exitoso resultado en un cuaderno que encontró
en un cajón de su mesa y que decidió que sería su diario durante todo el
experimento.
El segundo día de pruebas no fue tan bien como el primero y
escribió en el diario: “Segunda prueba.
Tiempo mal calculado. El resultado ha sido desastroso: tras las primeras capas
de polímero perfectamente delimitadas, la copia ha quedado incompleta debido a
la falta de tiempo para conformar las últimas capas del producto. Aparecen
trazas de polímeros sin aglutinante. Esto sucede no por falta de materia, sino
por un mal cálculo del tiempo. La siguiente prueba será a doble de tiempo.”
Un poquito decepcionado con el resultado, decidió que se
tomaría el resto de la tarde libre y jugaría un rato con Leo. Al llegar a casa,
fue al cuarto de su hijo, que todavía se hallaba echando la siesta. Claudia
estaba terminando de arreglarse, aunque en su opinión, no le hacía falta ningún
arreglo. Tenía una bonita figura que ella sabía hacer resaltar con la
vestimenta adecuada. En ese momento vestía un traje de chaqueta, adecuado para
la presentación del proyecto de su empresa, que debía explicar esa tarde a los
socios japoneses. Mientras terminaba de perfilarse los ojos, le pidió que se
hiciera cargo del niño ya que Lines le había avisado de que tenía un examen y
no podía quedarse de canguro. Él accedió de buen talante: eso le permitiría
escaquearse otra tarde sin que su mujer se molestara.
Sacó los cubos de encajar y ayudó a su hijo a poner cada
figura geométrica en su ventanita. De repente se le ocurrió que esos cubos
podían valerle para nuevas pruebas de la impresora… Cogió en brazos a Leo,
agarró las piezas de plástico y las llaves de casa y de la lonja y enfiló de
nuevo hacia la lonja.
Colocó a su hijo entre varias cajas dispuestas formando un
espacio cerrado, a modo de parque infantil y le dio una de las figuras y la
casita en la que debía encajarla. Mientras, encendió la máquina, la programó
para hacer dos pruebas y se sentó en el sofá. Encendió la televisión y estiró
las piernas. Enseguida le sobrevino una modorra intensa que le hizo tumbarse en
el sofá todo lo largo que era.
Llevaba un rato sin oír a Leo por lo que supuso que se habría
dormido. ¡Qué tranquilidad! Tenía que disfrutar del momento porque luego le
costaría mantenerlo entretenido si no se dormía pronto.
La impresora estaría ya caliente, lista para tomar las
medidas de los juguetes que iba a duplicar. Quería aproximarse al máximo a la
figura real que iba a reproducir, tanto en materiales como en colores,
incluidas las zonas marcadas por los golpes.
Cogió el cubo pentagonal de color rosa y lo metió en el
cubículo lector del escáner. Sobraba mucho sitio por lo que puso los otros
cuatro cubos también tras acercarse a donde el niño para recuperar la figura
que le había dado antes. Ahí estaban todos: el pentágono rosa, el cuadrado
verde, el círculo rojo, la pirámide azul y el triángulo amarillo. Eligió bien
los tonos de los objetos en la guía RAL-PANTONE de colores: 3014 para el rosa;
6032 para el verde; 2002 para el rojo; 5015 para el azul y 1010 para el
amarillo. Se aseguró de que hubiera cantidad suficiente de masa polimérica y
aglutinante y pulsó el botón de inicio.
La luz de la cabina empezó a parpadear mientras el escáner
tomaba los datos. En la pantalla apareció el mensaje “Delimitando medidas”, y se empezó a perfilar el dibujo de los
cubos de Leo. A partir de ese momento la máquina tardaría unos treinta minutos
en ofrecerle las réplicas.
Se dirigió nuevamente al sofá sin hacer ruido para no
despertar al niño. Cogió una revista de crucigramas y eligió uno al azar para
irlo resolviendo. El sopor lo invadió casi al instante y siendo incapaz de
mantener los ojos abiertos, se tumbó y se durmió.
Una hora más tarde abrió los ojos sin saber muy bien dónde
estaba. Le sorprendió escuchar la impresora en funcionamiento: no recordaba
haberla puesto en marcha siquiera. Se encontraba como anestesiado y miraba al
techo sin apenas moverse intentando situarse. De pronto se le hizo la luz:
había bajado a la lonja con Leo para copiar los cubos encajables de Playskool,
había cercado un espacio con cajas para tener al niño controlado, había
programado la máquina y al empezar con un crucigrama, se había quedado dormido.
¿Dormido? ¿Y Leo? ¿Y la impresora? Se levantó con celeridad
llamando al niño. Lo vio tranquilo sentado en el suelo con todos los cubos de
colores y se fijó que había otro juego de cubos encajados en la casita.
¡Increíble! Su hijo de tan solo veinte meses había logrado resolver el juego
que estaba indicado para dos años.
Un gorjeo le hizo mirar al otro rincón de la lonja: Leo
estaba encajando más cubos en la casita. Pero ¿cómo había llegado hasta allí si
estaba sentado en el suelo en el otro extremo? Miró hacia el primer lugar y…
efectivamente, se hallaba sentado en ese ángulo. Por lo tanto, había dos Leos
encajando piezas en dos casitas. Este descubrimiento le produjo escalofríos.
—¡Leo! —llamó. — ¡Ven con papá!
Los dos Leos le miraron y se levantaron; despacio y tambaleándose, uno;
con soltura el otro. No supo precisar cuál era el auténtico.
Empezó a pensar en qué hacer para identificar a su hijo: tenía dos Leos,
uno rápido al levantarse y espabilado con los cubitos; el otro, torpe en
movimiento y dubitativo con las piezas de colores. De pronto supo que su hijo
era el segundo, el torpe, el de movimiento lento porque ya se había asombrado
varias veces con los avances del niño desde el día anterior y algo le decía que
era imposible que fuera así.
En ese momento el falso Leo le miró fijamente como si supiera lo que él
estaba pensando. Tragó saliva y corrió a abrazar a su hijo, al verdadero, que
le sonrió agradecido. Tenía que mantenerlos separados: su hijo en casa y el
falso en la lonja. Con el niño en brazos subió a casa. Estaba otra vez
adormilado, por lo que lo dejó en el parquecito y fue a prepararle un puré para
cenar.
Media hora más tarde, con las verduras ya pasadas por el pasapurés y
vertidas en un plato de reborde verde metalizado —era el favorito de Leo—, se
dirigió a la sala de estar, despertó al niño y lo sentó en el sofá a la par que
buscaba un programa infantil en la televisión. Cogía pequeñas cucharadas de
puré que soplaba antes de metérselas en la boca al niño. Éste lo tragó todo sin
rechistar.
Después le cambió el pañal, le puso el pijama y lo acostó en la cuna.
¡Quizá estuviera de suerte y se durmiera pronto! Dio cuerda al juguete móvil
que colgaba de la pared próxima a la cuna. La musiquilla infantil empezó a
sonar llenando el aire de notas alegres que inmediatamente atrajeron la
atención del bebé. Éste miraba fijamente al osito y lentamente se le cerraron
los ojos. ¡Misión cumplida! ¡Seguro que Claudia alababa su buen hacer como padre!
Seguidamente fue a la cocina a preparar una ensalada de pasta, con la que
pensaba sorprender a Claudia. Hirvió los macarrones y los huevos, abrió una
lata de maíz dulce, otra de guisantes y vertió todos los ingredientes en un
bol, mezclándolos a su vez con mayonesa.
Nuevamente empezó a sonar la musiquilla del móvil infantil.
En ese momento llegó su esposa, que fue a ver al niño y volvió plenamente
satisfecha, comentando los avances que había observado en el vástago:
—¡Leo ya sabe dar cuerda al móvil!
Fueron ambos a la habitación a ver al niño. Él, incrédulo, descubrió que
ése no era el Leo que él había depositado en la cuna un rato antes. Se agachó y
vio al verdadero debajo de la cuna dormido. No viendo peligro para el niño, lo
dejó seguir durmiendo allí para no tener que enfrentarse a su mujer, a quien no
sabría cómo explicar todo lo ocurrido. Sintió vértigo por la situación y agarró
a su esposa por la cintura, preguntándole qué tal le había ido la reunión con
los japoneses.
Delicadamente se la llevó hacia la cocina para degustar la ensalada que
había preparado. Mientras, se devanaba los sesos intentando encontrar una
solución al problema.
La cena transcurrió en paz y armonía conyugal. El niño se había dormido
por fin, con lo que la pareja se quedó viendo una película en la tele. Claudia
estaba radiante y él todavía no sabía cómo solucionar el desbarajuste.
Cuando se acostaron, ella se durmió inmediatamente y él seguía sin dar
con una solución.
A las tres de la madrugada, todavía sin haber pegado ojo, se levantó, se
vistió y agarró la réplica de su hijo, cuidando de no despertarle. Lo llevó a
la lonja y allí se quedaron dormidos padre e “hijo”. Soñó que le cortaba el pelo y al despertarse,
le pareció un mensaje claro, un acto que debía cumplir. Fue a por unas tijeras
y empezó a recortarle las puntas. El pelo del niño se retorcía como si se
estuviera quemando; perdió consistencia y se deshizo, cual polvo y ceniza, a la
par que caía un líquido espeso color miel. Poco a poco la figura del niño fue
descomponiéndose quedando a un lado masa polimérica y al otro, pasta
aglomerante de color tostado. Los colores sonrosados de la piel infantil se
volvieron desvaídos.
Sintió pena y alivio al mismo tiempo. ¡Qué final más poco agradable para
el niño! Respiró al ver que la pesadilla se acababa.
Subió nuevamente a la vivienda y se introdujo en la cama, al lado de su
mujer. Antes de dormirse se prometió no volver a bajar al niño a la lonja. Ya
pensaría cómo sacar rentabilidad al suceso vivido. Por fin durmió un sueño
sereno, dejándose arrullar por Morfeo.

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