Los que se van ya volverán.
Y si vuelven, ya no se irán.
Lucía se aplicó en terminar
su redacción para el día siguiente. Debía describir su forma de ser,
presentarse. Le había costado bastante sintetizar su compleja personalidad.
Releyó lo escrito:
Ante todo, soy Piscis. Prueba de ello es que
mi madre me trajo al mundo en las frías aguas del río al comienzo de la
primavera, con el deshielo. Siempre lo he dicho con orgullo: soy lo que no soy;
no soy lo que soy. Soy esto y eso, eso y esto; formas de ser complementarias.
Soy reservada, pero a veces me comporto de
forma muy descarada. Soy atenta, pero también me comporto de forma totalmente
vergonzante.
Me gusta mirar las nubes en el cielo y
descubrir sus formas aborregadas. He tenido que soportar el dolor cuando mis
hermanos de camada murieron. Me gusta trepar a los árboles y tirarme en plancha
a las aguas turbulentas del río. Me llama algo un día y al día siguiente lo
contrario.
A veces, simplemente por cambiar, hago las
cosas al revés de como las hago habitualmente.
¡Es la revolución! Creo que todavía no he
llegado a ser yo.
Su madre no tardó en saltar:
—Pero
¿qué redacción es esa? Te han mandado que te describas. Lo que has escrito no
tiene ningún fundamento. Tú no eres así: “una niña dulce, tranquila...” —engoló
la voz su madre—. Demuestra que eres digna hija del Hombre Lobo, que eso es lo
que has mamado desde cachorrilla.
Lucía
se calló. ¿Cómo iba a explicarle a su madre que su comportamiento cambiaba
según salía por la puerta? No era algo que ella pudiera controlar, pero desde
que lo había observado, había intentado controlarse y la verdad es que no le
había ido mal. Tenía miedo de que la descubrieran.
Recogió
sus cosas y se puso el abrigo y las botas. Era un atuendo bastante absurdo el
que llevaba: botas militares heredadas de un soldado que habían matado en el
bosque y un abrigo varias tallas mayor que solo le valía las noches de luna
llena porque en cuanto el astro comenzaba a decrecer, su atuendo parecía aumentar
dándole el aspecto infantil de la dulce niña que describía en su redacción y
que evitaba mostrar para no enfurecer a su madre, la Loba Feroz.
En
esas ocasiones se ocultaba porque ella necesitaba taparse para protegerse del
frío y alimentaba su alma escribiendo poesías. Había encontrado una cabaña
donde, una vez encendido el fuego, acariciaba las cuerdas de su alma y su mano
empuñaba la pluma para describir con avidez y gran dosis de imaginación el
estado ferviente de su corazón.
Percibió
que empezaba nuevamente el ciclo lunar y que tendría que desaparecer, hecho que
le complació en extremo. Se apercibió de sus útiles de escritura y su manta de
lana y se encaminó al refugio de madera. Estando cerca ya, notó la presencia de
una mujer. Se acercó temiendo asustarla. Era de edad indeterminada, larga
cabellera rojiza, rostro blanquísimo, ojos verdes y labios gruesos. Sus andares
denotaban un cierto grado de ser
espiritual suavizado por los movimientos de su larga túnica y sus alas de
libélula.
Se
giró tan rápidamente que la lobezna se sobresaltó. Esta maldijo su periodo
lunar que la hacía tan vulnerable. Abrió la boca:
—¿Quién
eres? ¿Qué haces aquí? — la interrogó.
—Soy
el hada de este bosque, dueña y señora de todo lo que ves. Vengo a concederte
un deseo. Sé que eres loba de nacimiento, mas no de sentimiento. Que matas
personas y animales en luna nueva y te ocultas a escribir sus epitafios y
memorias en luna llena. Te concedo que dejes una de tus dos formas: loba o
escritora. ¡Piénsalo bien! Una vez que lo hayas formulado, será irreversible.
Esto
sumió a la licántropo en un mar de dudas donde terribles sombras le incitaban a
aceptar una vez y a rechazarlo la vez siguiente. Antes de que pudiera siquiera
formular una pregunta, el hada continuó:
—Aunque
eres hija del Hombre Lobo y la Loba Feroz, fuiste tocada por mi madre, quien,
en un ataque de generosidad, te donó la oportunidad de poder vivir ambas
apariencias hasta tu mayoría de edad, fecha en la que debes decidir cómo
vivirás. Si eliges ser licántropo, caminarás a cuatro patas toda tu vida; si
decides ser escritora, serás Hada, Musa de la Inspiración, Viento de Felicidad,
en unos días, porque yo debo marchar al Reino Celeste y deseo dejar este lugar
en manos de alguien que realmente lo cuide y lo venere, y creo que tú eres la
más adecuada.
La
pequeña loba se dejó guiar por su corazón: no decidiría nada mientras no
hubiera pensado bien las dos opciones. Para ello, se sentó a escribir y
entretejió dos narraciones que contemplaban las dos posibilidades. La pluma era
su arma y fue este instrumento quien le guió. ¡Tenía tan claro que debía fiarse
de ella! ¡Un momento! ¡Esa era la clave!: ¡Sería escritora! Y hada, y musa, y
viento, y felicidad, y… …y ya nunca
más mataría a gente, ni vestiría el abrigo tan grande, ni calzaría esas enormes
botas, ni sentiría el desasosiego en las noches de luna llena.
Esta
decisión le permitió hacer realidad su sueño: ella es ahora el espíritu del
Amor, de la Prudencia, de la Felicidad, la Musa de la Inspiración… y pasa sus
horas escribiendo en el bosque que le dio cobijo cuando surgían sus temores.



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