sábado, 28 de marzo de 2015

LUCÍA AL TRASLUZ






Los que se van ya volverán.
Y si vuelven, ya no se irán.


Lucía se aplicó en terminar su redacción para el día siguiente. Debía describir su forma de ser, presentarse. Le había costado bastante sintetizar su compleja personalidad. Releyó lo escrito:

Ante todo, soy Piscis. Prueba de ello es que mi madre me trajo al mundo en las frías aguas del río al comienzo de la primavera, con el deshielo. Siempre lo he dicho con orgullo: soy lo que no soy; no soy lo que soy. Soy esto y eso, eso y esto; formas de ser complementarias.
Soy reservada, pero a veces me comporto de forma muy descarada. Soy atenta, pero también me comporto de forma totalmente vergonzante.
Me gusta mirar las nubes en el cielo y descubrir sus formas aborregadas. He tenido que soportar el dolor cuando mis hermanos de camada murieron. Me gusta trepar a los árboles y tirarme en plancha a las aguas turbulentas del río. Me llama algo un día y al día siguiente lo contrario.
A veces, simplemente por cambiar, hago las cosas al revés de como las hago habitualmente.
¡Es la revolución! Creo que todavía no he llegado a ser yo.


 Su madre no tardó en saltar:
—Pero ¿qué redacción es esa? Te han mandado que te describas. Lo que has escrito no tiene ningún fundamento. Tú no eres así: “una niña dulce, tranquila...” —engoló la voz su madre—. Demuestra que eres digna hija del Hombre Lobo, que eso es lo que has mamado desde cachorrilla.

Lucía se calló. ¿Cómo iba a explicarle a su madre que su comportamiento cambiaba según salía por la puerta? No era algo que ella pudiera controlar, pero desde que lo había observado, había intentado controlarse y la verdad es que no le había ido mal. Tenía miedo de que la descubrieran.

Recogió sus cosas y se puso el abrigo y las botas. Era un atuendo bastante absurdo el que llevaba: botas militares heredadas de un soldado que habían matado en el bosque y un abrigo varias tallas mayor que solo le valía las noches de luna llena porque en cuanto el astro comenzaba a decrecer, su atuendo parecía aumentar dándole el aspecto infantil de la dulce niña que describía en su redacción y que evitaba mostrar para no enfurecer a su madre, la Loba Feroz.

En esas ocasiones se ocultaba porque ella necesitaba taparse para protegerse del frío y alimentaba su alma escribiendo poesías. Había encontrado una cabaña donde, una vez encendido el fuego, acariciaba las cuerdas de su alma y su mano empuñaba la pluma para describir con avidez y gran dosis de imaginación el estado ferviente de su corazón.

Percibió que empezaba nuevamente el ciclo lunar y que tendría que desaparecer, hecho que le complació en extremo. Se apercibió de sus útiles de escritura y su manta de lana y se encaminó al refugio de madera. Estando cerca ya, notó la presencia de una mujer. Se acercó temiendo asustarla. Era de edad indeterminada, larga cabellera rojiza, rostro blanquísimo, ojos verdes y labios gruesos. Sus andares denotaban un cierto grado de  ser espiritual suavizado por los movimientos de su larga túnica y sus alas de libélula.

Se giró tan rápidamente que la lobezna se sobresaltó. Esta maldijo su periodo lunar que la hacía tan vulnerable. Abrió la boca:
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? — la interrogó.
—Soy el hada de este bosque, dueña y señora de todo lo que ves. Vengo a concederte un deseo. Sé que eres loba de nacimiento, mas no de sentimiento. Que matas personas y animales en luna nueva y te ocultas a escribir sus epitafios y memorias en luna llena. Te concedo que dejes una de tus dos formas: loba o escritora. ¡Piénsalo bien! Una vez que lo hayas formulado, será irreversible.

Esto sumió a la licántropo en un mar de dudas donde terribles sombras le incitaban a aceptar una vez y a rechazarlo la vez siguiente. Antes de que pudiera siquiera formular una pregunta, el hada continuó:

—Aunque eres hija del Hombre Lobo y la Loba Feroz, fuiste tocada por mi madre, quien, en un ataque de generosidad, te donó la oportunidad de poder vivir ambas apariencias hasta tu mayoría de edad, fecha en la que debes decidir cómo vivirás. Si eliges ser licántropo, caminarás a cuatro patas toda tu vida; si decides ser escritora, serás Hada, Musa de la Inspiración, Viento de Felicidad, en unos días, porque yo debo marchar al Reino Celeste y deseo dejar este lugar en manos de alguien que realmente lo cuide y lo venere, y creo que tú eres la más adecuada.

La pequeña loba se dejó guiar por su corazón: no decidiría nada mientras no hubiera pensado bien las dos opciones. Para ello, se sentó a escribir y entretejió dos narraciones que contemplaban las dos posibilidades. La pluma era su arma y fue este instrumento quien le guió. ¡Tenía tan claro que debía fiarse de ella! ¡Un momento! ¡Esa era la clave!: ¡Sería escritora! Y hada, y musa, y viento, y felicidad, y…       …y ya nunca más mataría a gente, ni vestiría el abrigo tan grande, ni calzaría esas enormes botas, ni sentiría el desasosiego en las noches de luna llena.


Esta decisión le permitió hacer realidad su sueño: ella es ahora el espíritu del Amor, de la Prudencia, de la Felicidad, la Musa de la Inspiración… y pasa sus horas escribiendo en el bosque que le dio cobijo cuando surgían sus temores. 

lunes, 23 de marzo de 2015

A TRAVÉS DEL ESPEJO





Esta no es una historia normal,
sino al revés;
no tiene el título al principio,
aparece al final.
En caso de quererlo saber,
todo el relato habrás de leer.


          Traspasé el umbral de la alacena para coger el tarro que mamá me había pedido. Fui directo al estante de la derecha, pero no, allí no había ningún tarro de ningún tipo, ni tan siquiera un estante. Vi un agujero, me agazapé dentro y me dormí. Al despertar, no podía salir. Me asusté: ¡iba a pasar allí toda mi vida! Rápidamente hice un cálculo: unos setenta u ochenta años metido en ese agujero de la alacena…
          Asustado, muy asustado, asustadísimo, empecé a palpar las paredes de ese agujero en el que estaba. Tenía que haber alguna otra salida… Me acordé de una peli de Indiana Jones, en la que tocaban una palanca y se abría una puerta en el otro extremo. Decidí que lo que debía buscar era una palanca, un asa, un botón, algo de eso… y pensé en lo sucedido.
Miré en derredor: las ristras de ajos y cebollas colgadas del gancho de la pared; los pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
          Allí estaba el tarro que me había pedido mamá: arriba. Pensé que se había equivocado, ya que el estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos!
          Sentí un escalofrío que me caía por la cara, me mojaba el pecho y la espalda, me recorrió las manos… Todo giraba. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a derrumbarme. Me sobrepuse. Se me encendió la luz: debía de estar soñando. Pensando esto, ya me tranquilicé. Abrí la boca y pregunté en voz alta “¿Dónde dices que está el tarro, mamá?”. Pero mamá no contestó. Insistí. Oí su voz, aunque no entendí lo que dijo.
Esperé un rato. Seguía observando los enseres allí guardados: la balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Y otra vez los ajos y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. Recibí un fuerte impacto en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie dura y transparente cubriendo el vano de la puerta. Miré a través de ella. Allí estaba mamá. La llamé: “Mamá, quita este cristal, que quiero salir.”.
Se oía a mamá seguía trajinando.  La llamé repetidas veces, a gritos: “¡Mamá! ¡Mamá!”
Me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se balanceó y al instante traspasé la superficie de la pared de la cocina.


Este es el relato de ese día que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
Pero, por si quieres saber cómo termina esta historia,
de atrás para adelante la habrás de leer.

            

PÁNICO






Una oleada rosa la invadió dejándole un futuro negro, muy negro, 
más negro que el gato de la Muerte.

jueves, 12 de marzo de 2015

ESTRELLAS EN EL PELO






La pobra niña, ambicionando ser famosa, se plantó estrellas en el pelo pensando que así alcanzaría la gloria. Solo consiguió estrellarse.

miércoles, 11 de marzo de 2015

DE LIMPIEZA





          Natalia selecciona un CD de música marchosa, lo introduce en el abertura del aparato, que lo succiona suavemente.  Al momento se oye la voz de Enrique Iglesias inundando toda la pieza. Abre la puerta del armario de la limpieza, saca la aspiradora, enchufa el electrodoméstico y comienza su sesión de baile  agarrada al tubo del aspirador, que se desliza en silencio por el parqué.
            —Cof , cof, cof… ¡Ay, Natalia! ¡Hija, qué energía! —gruñe la aspiradora.
—No te quejes, Letizzia, que no es para tanto, y acelera que no tengo todo el día —replica la joven.
—Pero si ya limpiamos ayer, hija, y no has estado en todo el día en casa. ¿Qué hay que limpiar?
—Hoy vienen papá y mamá a cenar y ya sabes cómo es mamá.
—¡Vaya si lo sé! La estirada de tu madre… —Letizzia mueve su gordo trasero color naranja. No soporta a su antigua dueña. —¡Menos mal que se cansó de mí!
—Sí, mamá va a mirar todos los rincones a ver si está todo limpio. Por eso tiene que estar la casa impecable —la convence Natalia. —Bailandooo, bailando. Quiero bailar contigo, vivir contigo, tener contigo una noche loca y besar tu boca… Oooo Oooooo… —imposta la voz Natalia a la vez que mueve el tubo de la aspiradora.
—Cof, cof, cof, cof… —Letizzia no aguanta ese ritmo tan frenético. —Para, para un poco, chica, que me estás ahogando…
—¡No, si va a tener razón mamá! —exclama Natalia. —Ya estás vieja, Letizzia. Así me lo dijo el otro día al pasar por delante de la tienda de electrodomésticos. Se para ante el escaparate y me dice “Hija, deberías ir pensando en cambiar de aspirador. ¡Mira qué  modelo tan coqueto!” Y yo le contesté que no, que todavía íbamos a bailar mucho juntas…
—¡Ay, Natalia! Es que voy a cumplir ya veinte años… Vieja no, pero cansada empiezo a estar. Yo, que era un modelo exclusivo italiano hace veinte años… Natalia, no quiero que me jubiles todavía. ¿Qué haría yo entonces? ¿Qué tal si me deslizas a ritmo de valls? Yo te enseño. Verás: das un paso con el pie derecho…

domingo, 8 de marzo de 2015

EN CASA DE DOÑA MARÍA






Doña María deja su costura sobre la mesa, al lado de su caja metálica de galletas, y se pone en pie para ir a buscar a Rosario, que había entrado muy jovencita a servir en su casa.

—¡ROSARIOOOO! —grita—. Es menester que te acerques a Casa Pepa a recoger el encargo, que anda Eustaquio que necesita las bombillas para poner la iluminación del belén.

Pero Rosario, sorda como una tapia, no la oye, por lo que doña María manda a una de sus nietas, hija de su tercer hijo, que vive en Bilbao, en su busca. La niña sube al primer piso donde la mujer se halla haciendo camas.

—¡ROSARIOOOO! — grita la chiquilla. —¡QUE DICE LA ABUELA QUE VAYAS!

¿Qué diseh, niña?—. El tono de la mujer denota a las claras que está verdaderamente sorda y, aunque no grita, su voz sobresalta a un par de gatos que yacen al sol en la galería.

—¡QUE BAJES, QUE TE LLAMA LA ABUELA!

** ** **


¿Qué querrá la señora? Anda que con er día que llevo… ¡Pero cómo han puesto esto loh chiquilloh! Me pazaré toda la mañana ordenando loh dormitorioh. Voy a ver qué quiere.


La mujer deja la almohada que acaba de mullir y con paso cansino y carnes oscilantes se dirige a la escalera, que comienza a bajar agarrándose al pasamanos.

Zeñora, que zi quié le doy la comía a loh chiquilloh. Pero tengo todavía lah camah sin hasé. ¡Ay, doña María! ¡Oy, oy, oy, qué dezorden hay en el pizo de arriba! ¡Digo! ¡Que han eztado loz chiquilloz jugando con lah almohadah de todah lah camah, haciendo caminoh en el zuelo, todah lah almohadah por el zuelo. ¡Oy, oy, oy, qué dezorden! ¡Qué dezorden! He empesao a cambiar lah zábanah. Doloreh me dise que lah deje zin cambiá, pero vamoh, que yo creo que ezo no ze puede hasé. Zeñora, el Uztaquio que fartan también lah pantallah de lah lámparah, y Remedioh, qué qué pone pa´comé.

Doña María se levanta y se dirige a la cocina a dar a la cocinera las órdenes precisas: tiene en casa a todos sus hijos y sus nietos. A continuación, va en busca de Dolores: será ella quien recoja las bombillas en Casa Pepa y, de paso, traiga dos cajas de yogures. ¡Bastante tiene Rosario con cambiar las sábanas de todas las camas y fregar el piso!