sábado, 28 de febrero de 2015

EL ARTE CONTEMPORÁNEO






Estaba yo pensando si un lienzo pintado de color blanco se puede considerar un "plagio" de todos los lienzos que venden sin pintar. Sí, ya sé que ARCO valora la idea, no el material ni el esfuerzo que supone llevarlo a cabo; solo el concepto. Pero es que ese concepto ya ha sido anteriormente utilizado en otros medios: por ejemplo, en una novela el protagonista está "espantado" de que su mujer y las amigas pijas que tiene le bailen el agua al autor de un lienzo sin pintar, lienzo absolutamente blanco, que lleva por título "Sin título". ¿Podríamos hablar de plagio? ¿Puede eso considerarse arte? ¿Puede ser vendido como obra realizada cuando en realidad solo muestra lo que ya había cuando se compró el lienzo?

Es solo una duda que me está rondando desde ayer. Si alguien puede clarificarme todo esto, se lo agradecería.

miércoles, 18 de febrero de 2015

sábado, 14 de febrero de 2015

ARLEQUÍN EN LA GRAN VÍA BILBAÍNA

 









 



Anochece en la Gran Vía bilbaína. Los árboles emiten destellos azulados creando un emotivo ambiente navideño. No llueve. No hace frío, aunque el termómetro de la farmacia marca solo cinco grados.

En cada semáforo varias filas de peatones esperan. De pronto, los semáforos de la primera intersección, que están dispuestos diagonalmente, se ponen en verde y un aluvión de personas se lanzan al asfalto. Todo el mundo tiene prisa. En medio de la carretera se empiezan a entrecruzar señoras cargadas de bolsas, parejas jóvenes con cochecitos de bebé, niños agarrados de la mano que van tirando de un hilo que sujeta un globo, … De repente, suena el pi-pi-pi que anuncia el cambio de color en el semáforo y los rezagados se apresuran, deseosos de alcanzar la otra acera.

En la acera opuesta a la entrada principal del Corte Inglés, que está en chaflán en la intersección de dos importantes arterias de la ciudad, junto a la sede del BBVA, cerca del cajero automático exterior, vemos una figura que coloca una caja de madera en el suelo y lentamente inicia su transformación. Saca un desgastado y descolorido traje de arlequín en el que se embute, se calza unas babuchas y, sentada, comienza a pintarse la cara. A través de la fina capa blanca se detectan sin apenas esfuerzo unas ojeras de color oscuro y profundas arrugas que le surcan el rostro. Los
rasgos desdibujados con un lápiz negro acentúan la apatía de su ser. Finalmente se recoge el lacio cabello en un pequeño moño que corona con un gorrito negro. Sus movimientos son cansinos; el resultado, mediocre. Oculta sus enseres bajo la caja y, con una flor de plástico de apariencia acorde al resto de la vestimenta, se sitúa sobre el pedestal. 

Un niño la mira y le pregunta a su madre quién es, pero no obtiene respuesta. Una pareja de mediana edad comenta desde hace cuánto tiempo está allí, recuerdan cuando el traje era blanco como la nieve. Una mujer entrada en años se acerca a darle una limosna. Transcurren las horas y apenas ha recibido dos monedas. La gente pasa a su lado, pero nadie la ve. Se ha mimetizado con el edificio gris o quizá el edificio añejo la ha engullido.

domingo, 8 de febrero de 2015

A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ- VERSIÓN CON DOBLE LECTURA



En casa de mi abuela había una alacena junto a la cocina, con un ventanuco que daba a un patio. Siempre pensé que era un mundo mágico, donde la realidad y la ficción se confundían. Para mí, entrar allí era traspasar la frontera de la realidad y adentrarme en un mundo diferente, algo así como cuando Alicia pasó a través del espejo. Pero ¿cuál es la realidad? ¿Lo del otro lado? ¿Y por qué no lo de este?


Esta no es una historia normal,
tiene el título al principio y al final.
Se puede leer al derecho y del revés,
por trozos de colores.


Este es el relato de ese día que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.

Traspasé el umbral de la alacena buscando dónde esconder el tarro de mermelada que me había dado mamá.
Fui directo al estante de la derecha, pero no, allí no había ningún estante. Desconcertado, pensé que me había equivocado, ya que el estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos! Me di media vuelta con el tarro en las manos.
   ¡Mamá! ¡Mamá!
Miré en derredor: los jamones colgados del techo; las ristras de cebollas, del gancho de la pared; los pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
Sentí el sudor que me caía por la cara y por todo el cuerpo, tenía las manos mojadas… Todo me daba vueltas. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a caerme. Se me pasó cuando me di cuenta de que debía de estar soñando. Pensando esto, ya me quedé más tranquilo. Abrí la boca y dije, casi gritando:
   ¿Dónde estás, mamá?
Pero mamá no contestó.
La llamé a gritos:
   Mamá, ¿dónde estás?
Seguía sin responderme... ¿Por qué no me contestaba? ¡Si mamá contesta siempre...! Quizá había salido al patio a tender la ropa…
Esperé un rato. Observé los enseres allí guardados: la balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Los jamones y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
Y mamá que no contestaba…
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. ¡Bum! Me di un golpe en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie dura y transparente cubriendo el vano. Miré a través de ella. Allí estaba mamá.
   Mamá, quita este cristal, que quiero salir.
Mamá seguía trajinando como si no se hubiera enterado, absorta.  La llamé a gritos:
   ¡Mamá! ¡Mamá!
Con mi tarro de mermelada en las manos, me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se balanceó y al instante traspasé la superficie sintiéndome libre.


Este es el relato de ese día que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
            

sábado, 7 de febrero de 2015

VARIACIÓN SOBRE UN CUENTO EXISTENTE


 





Esta no es una historia normal,
sino al revés;
no tiene el título al principio,
sino al final.
En caso de quererlo saber,
todo el relato habrás de leer.



          Traspasé el umbral de la alacena para coger el tarro que mamá me había pedido. Fui directo al estante de la derecha, pero no, allí no había ningún tarro de ningún tipo, ni tan siquiera un estante.
          Desconcertado, pensé que mamá se había equivocado, ya que el estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos!
          Miré en derredor: los jamones colgados del techo, las ristras de cebollas colgadas del gancho de la pared; los pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
          Sentí el sudor que me caía por la cara y por todo el cuerpo, tenía las manos mojadas… Todo me daba vueltas. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a caerme. Se me pasó cuando me di cuenta de que debía de estar soñando. Pensando esto, ya me quedé más tranquila. Abrí la boca y pregunté en voz alta:
¿Dónde dices que está el tarro, mamá?
Pero mamá no contestó.
Mamá, ¿dónde está el tarro?
Seguía sin responderme. ¿Por qué no me contestaba? Si mamá contesta siempre. Quizá había salido al patio a tender la ropa…
Esperé un rato. Seguía observando los enseres allí guardados: la balanza con su juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,…
Y otra vez los jamones y las cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. ¡Bum! Me di un gran golpe en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una superficie dura y transparente
Cubriendo el vano de la puerta. Miré a través de ella. Allí estaba mamá.
   Mamá, quita este cristal, que quiero salir.
Pero mamá seguía trajinando como si no me hubiera oído, absorta.  Volví a llamarla, esta vez a gritos:
   ¡Mamá! ¡Mamá!
Me eché para atrás y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se balanceó y al instante traspasé la superficie sintiéndome a salvo en la cocina.


Y hasta aquí llega el relato de ese día que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.