En
casa de mi abuela había una alacena junto a la cocina, con un ventanuco que
daba a un patio. Siempre pensé que era un mundo mágico, donde la realidad y la
ficción se confundían. Para mí, entrar allí era traspasar la frontera de la
realidad y adentrarme en un mundo diferente, algo así como cuando Alicia pasó a
través del espejo. Pero ¿cuál es la realidad? ¿Lo del otro lado? ¿Y por qué no
lo de este?
Esta no es una historia normal,
tiene el título al principio y al final.
Se puede leer al derecho y del revés,
por trozos de colores.
Este es el relato de ese día
que, sin saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
Traspasé el umbral de la alacena buscando dónde esconder el tarro de
mermelada que me había dado mamá.
Fui directo al estante de la derecha, pero no, allí no
había ningún estante. Desconcertado, pensé que me había equivocado, ya que el
estante estaba a la izquierda. Pero… la ventana –en realidad, un ventanuco que
daba al patio- debía estar a la derecha. ¡Así lo recordaba yo al menos! Me di
media vuelta con el tarro en las manos.
— ¡Mamá! ¡Mamá!
Miré en derredor: los jamones colgados del
techo; las ristras de cebollas, del gancho de la pared; los
pimientos, las patatas, las manzanas… apilados en cestos… Todo estaba en su
sitio, pero al revés. Lo de la izquierda en la derecha y viceversa.
Sentí el sudor que me
caía por la cara y por todo el cuerpo, tenía las manos mojadas… Todo me daba
vueltas. Creí que me iba a desmayar, pero no llegué a caerme. Se me pasó cuando
me di cuenta de que debía de
estar soñando. Pensando esto, ya me quedé más tranquilo. Abrí la boca y dije, casi gritando:
— ¿Dónde estás, mamá?
Pero mamá no contestó.
La llamé a gritos:
— Mamá, ¿dónde estás?
Seguía sin responderme...
¿Por qué no me contestaba? ¡Si mamá contesta siempre...! Quizá había salido al patio a tender la ropa…
Esperé un rato. Observé los enseres allí guardados: la balanza con su
juego de pesas, los cuchillos de la matanza, la embuchadora,… Los jamones y las
cebollas; todo en su sitio, pero al revés.
Y mamá que no contestaba…
No pudiendo aguantar más, me dirigí a la puerta. ¡Bum! Me
di un golpe en la frente. Miré la puerta: estaba abierta, pero había una
superficie dura y transparente cubriendo el
vano. Miré a través de ella. Allí estaba mamá.
— Mamá, quita este cristal, que quiero salir.
Mamá seguía trajinando como si no se hubiera enterado, absorta. La llamé a gritos:
— ¡Mamá! ¡Mamá!
Con mi tarro de mermelada en las manos, me eché para atrás
y levanté la rodilla hacia delante. Mi pierna se balanceó y al instante
traspasé la superficie sintiéndome libre.
Este es el relato de ese día que, sin
saber cómo, pasé
A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE ALLÍ ME ENCONTRÉ.
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