Levanto la mano y, César, el camarero, acude a mí. Pido mi
café y croissant. Casi sin darme cuenta, empiezo a cuchichear con mi amiga
Esthertxu. Resulta que un chico pasea por la otra acera: camina despacio, sin
pisar las baldosas de color rojo, y al llegar a la otra esquina, da la vuelta
para enfilar nuevamente la misma acera.
Alguien en la mesa de al lado levanta la mano llamando al
camarero. Tras un breve diálogo, se levanta y eleva la voz:
- Pero… ¿Cómo? ¿Qué no hay casera? ¡Pues nos vamos!
Y extiende la mano hacia la recua de personajes literarios
que han ido poblando las mesas de esta terraza literaria. Y todos a una se
levantan y se van, dejando al camarero sin saber ni qué hacer con la bandeja que
porta sobre su mano izquierda, mientras con la derecha se rasca la ceja
pensativamente.