Las musas llegaron un martes, tres meses después de que te marcharas. Me susurraron al oído que tú no estabas. Lentamente mi pluma empezó a bailar y bailar, narrando el galimatías de mi mente. Tras ese fructífero comienzo, una neblina ligera entretejió filigranas sobre los muebles del jardín, la casa, mi cama, las sábanas, mi vientre preñado, mi mente desvaída, y pude despedirme de todo, incluso de ti.