miércoles, 31 de diciembre de 2014

LA VIDA CONTINÚA



– ¡Mírame a los ojos! –me dijo embargado de emoción– Todo va a salir bien. Así lo ha dicho el médico: tres horitas ahí adentro y saldré sin ese bulto que tengo dentro de la cabeza. Mami, quiero verte cuando despierte.
– Claro, mi amor. Aquí estaré. –me apresuré a contestar.

            La señora mira a la otra mujer y prosigue:
– Han pasado cinco días desde entonces. Mis temores se vieron confirmados: esas fueron sus últimas palabras. ¡Y yo que le creí en ese momento!


Soraya Gandía presiente lo que va a suceder a continuación y se anticipa. Estira el brazo, agarra la caja de pañuelos y se la tiende a Marta, madre de Sergio. Mira al hombre sentado junto a ella, que está igualmente destrozado. Unas profundas ojeras ponen de manifiesto lo que han sufrido con la muerte de su hijo, y ella, como psicóloga, debe sobreponerse a esta sensación y darles pautas para aceptar esa realidad. ¡Qué duro es su trabajo! No pensaba ella que le iba a costar tanto cuando se lo ofrecieron. Hasta entonces su vida había sido más o menos placentera y rayando el bienestar. Pero ser la encargada de dar apoyo psicológico a los enfermos oncológicos y a sus familiares es un trago muy amargo.

Roberto, cuénteme usted cuáles fueron las últimas palabras que le dirigió Sergio.Soraya se muestra segura. Sabe que este largo proceso regresivo va a permitir a sus pacientes quedar en paz consigo mismos y afrontar con serenidad la muerte de Sergio. ¡Sergio, que era todo bondad, todo optimismo…! Se gira a la pared a tiempo de ocultar una lágrima que rueda ya por su mejilla.

El hombre la mira y no contesta. No parece haber entendido qué tiene que decir. Baja la cabeza y observa sus zapatos. Después de dos larguísimos minutos musita:
– Estábamos en la habitación y entró la enfermera para ajustarle el reservorio. Él estaba tranquilo. ¡Todo se lo tomaba con calma! ¡Y si te descuidas, como una diversión! De repente se puso serio y me dijo “Papá, me debes la revancha. No me dejes ganar. Tengo que aprender a perder”. ¡A perder! Él ha perdido la batalla; ya sabe lo que es perder. ¡Qué ingrata es la vida!
Nuevamente se calla mientras dos lágrimas enormes se abren camino en su cara.

Soraya, siempre pendiente, acude a consolarlo:
– Roberto, sé que es muy duro, pero deben sobreponerse. Tienen a la pequeña María en casa y necesita de ustedes.
La joven psicóloga no está segura de qué hacer. Nunca lo está en estas circunstancias, porque ¿cómo decirle a un padre que acaba de perder a su hijo que la vida continúa? ¿Realmente continúa? Ella ya no está segura de nada. ¿Se puede llegar a aceptar la muerte de tu hijo cuando te es arrebatado prematuramente?
Estas ideas que le surgen ahora se reflejan en sus ojos grises, que pugnan por aguantar las lágrimas. Realmente ella no lo sabe, pero está siendo de gran ayuda a estos padres desesperados. Y es que lo único que necesitan es consuelo, un apoyo, alguien que les escuche, y eso ella lo está haciendo muy bien.
Marta reacciona:

– Roberto, vámonos a casa. Hay que bañar y acostar a María. Soraya, muchas gracias por su ayuda. En la sesión de pasado mañana continuamos hablando. – Se agacha a recoger su bolso, se dirige al sillón de Roberto, le coge del brazo y se encamina a la puerta. Ya desde allí, mira nuevamente a Soraya y le sonríe. – ¡Gracias otra vez!

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