
ARDE
Vivir un incendio es algo dramático. Si en ese incendio, además, fallecen personas, se vuelve traumático; y si, a resultas de ese incendio, tu vida cambia totalmente, te haces una superwoman insensible a muchos pequeños detalles de la vida.
Corría el año 1993, una noche fría de enero. Allí estaba yo, dando de mamar a mi hijo recién nacido. Bueno, ya no estaba mamando; se había quedado dormido al calorcito de mi cuerpo. Me disponía a acostarlo en el moisés colocado al lado de la cama matrimonial cuando oí ruidos de objetos lanzados contra el suelo del piso de arriba. Enseguida pensé: “¡Ladrones! y no hay nadie viviendo”. Desperté a mi marido diciéndole: “¡Felipe! ¡Felipe! Están robando en el piso de arriba. Llama a la policía.” Sin habernos movido de la cama todavía, escuchamos a la vecina del cuarto izquierda gritar pidiendo socorro. Yo pensé “Va a alertar a los ladrones”. Felipe se levantó inmediatamente de la cama. Dos minutos más tarde volvió con la cara pálida y me dijo: “Hay fuego, un incendio. Coge al bebé y sal de casa.” Me puse en pie y agarré una gabardina. Me la puse encima del pijama y corrí a por el saco de paseo del bebé. Lo metí y me dirigí a Felipe: ¡Encárgate tú de Adrián!
Bajaba las escaleras y mi cabeza iba ya pensando en qué hacer a continuación: llamar a todos los porteros automáticos de los vecinos de los otros dos portales que estaban adosados al nuestro. La verdad es que un 24 de enero a las dos de la madrugada salir de casa con un bebé en brazos sin tener un sitio a donde ir es cuanto menos escalofriante. Si, además, debes preocuparte de que no se enfríe, mientras una vecina se encarga de tu otro hijo, de tan solo dos años de edad, y vas andando en una caravana de mujeres y niños y saltas una valla para recorrer un trozo de monte hasta llegar a la playa, es angustioso; y si le sumas que no sabes dónde está tu marido, ni los de las demás, ya que todos los hombres se quedaron a la espera de los bomberos, por si podían ayudar, ni sabes qué ha pasado ni qué está sucediendo, ni qué va a ocurrirles a tus vecinos, ni… En ese caso, la situación se vuelve francamente insoportable.
Avanzábamos a través de la campiña costera hasta llegar a la bajada de la playa, pero ya había transcurrido el tiempo suficiente como para que se hubieran resuelto la mitad de nuestras dudas y, sin saber muy bien por qué, decidimos dar la vuelta. Al aproximarnos a la parte trasera de la casa, un vecino se nos acercó: “No paséis: se han tirado desde la ventana”.
Volvimos otra vez para el arenal. Estábamos muertas de frío, preocupadas, deseosas de que acabara esa noche de pesadilla… Transcurrieron todavía dos horas más antes de que pudiéramos acercarnos, pero no había luz en el portal: los bomberos habían cortado el suministro eléctrico. A la luz de la luna, que esa noche brillaba como un gajo de naranja en el firmamento, el edificio se vislumbraba oscuro, tenebroso y escalofriante.
Una pareja vecina del portal contiguo se ofreció a acogernos esa noche en casa de sus padres, unos cuantos portales más lejos. Y entre acomodarnos, charlar y amamantar a mi chiquitín, las horas nocturnas pasaron, dejándonos agotados. Decidimos ir a casa de los padres de Felipe, en una población a escasos kilómetros. Allí estuvimos alojados mientras mi marido se recuperaba de una ¿enfermedad? y yo desfilaba de la casa de mi suegra a mi casa a ventilarla, y de allí otra vez a casa de mi suegra a amamantar al niño, y vuelta a empezar. Me curtí, salí fuerte de esa situación que puso de manifiesto la pusilanimidad de mi marido. Ya nada volvió a ser igual.
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