Mi hermana pequeña (tengo tres hermanas) siempre ha sido alegre y
confiada, muy dependiente de los demás y, sobre todo, muy dicharachera, hasta
tal extremo que había veces que se le mandaba callar y ella, obediente, no
hablaba: cantaba.
Recuerdo una tarde que ella no era ella:
estaba callada y pensativa. Le pregunté el porqué de su actitud y empezó a
balbucear. “Me quieren hacer vudú”, me dijo. A mí me entró la risa y exploté en
carcajadas, pero mi hermana seguía seria y reconcentrada diciendo que era
verdad, que tenía miedo y que no quería ir al colegio. Siguió así un buen rato,
con pequeños escalofríos que recorrían su cuerpo.
Enseguida aparecieron mis padres y mis
otras dos hermanas y se repitió la conversación. En esta ocasión alargó su
discurso explicando que era su nueva compañera de clase la “bruja” que le iba a
“lanzar el maleficio”, que era una niña oscura y maldiciente y que le había
confesado que tenía un muñequito de hacer vudú. También añadió que no podía
estar a su lado porque no podía ni pensar de lo aterrada que estaba.
Toda la familia intentó convencerla de
que eso no podía ser cierto, que las brujas no existen, que nadie te hace vudú
y menos una niña de diez años. Quedamos que al día siguiente las tres hermanas
estaríamos pendientes de ella al entrar al colegio y en el recreo.
A la mañana siguiente cada una de
nosotras iba con su grupo de amigas, pero pendiente de la hermana menor, que
entró en clase medio vacilante medio envalentonada.
Tras las sesiones de clase matutinas, salí al recreo buscando
entre las niñas el rostro de mi hermanita. La vi sonriente y encantadora como
siempre. Ella me confesó que la habían cambiado de sitio y ya no se sentía
amenazada. Todo quedó en una simple anécdota.
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