Enfilé la calle de la Esperanza disgustada por la agria discusión mantenida con Federico, que me acompañaba despotricando de mis salidas de tono.
Mi enfado iba en aumento y llegué a enojarme hasta tal extremo que comencé a percibir mi nariz como un apéndice nasal de enorme tamaño que ocupaba prácticamente toda mi cara.
Intentando ignorar tal visión, miré hacia el suelo, pero un bulto de mayor tamaño se interpuso: mi pecho izquierdo crecía y crecía sin parar y llegué a pensar que explotaría allí mismo.
Mi irritación creciente me hacía mascullar más y más burradas, cuando de repente noté que salía de mi cuerpo y sobrevolaba la calle viéndome a mí misma del brazo de Federico a lo largo de la rúa.
No era un espíritu ni un ángel ni nada parecido, mi cerebro procesaba rápidamente esta información. Simplemente sentí que me disociaba de mi cuerpo y me aterrorizó el hecho de sentirme fuera de mi funda terrenal.
En ese momento supe que padecía un terrible cuadro de estrés que me obligaría a someterme durante largos meses, tal vez años, a tratamiento psiquiátrico.
Mi enfado iba en aumento y llegué a enojarme hasta tal extremo que comencé a percibir mi nariz como un apéndice nasal de enorme tamaño que ocupaba prácticamente toda mi cara.
Intentando ignorar tal visión, miré hacia el suelo, pero un bulto de mayor tamaño se interpuso: mi pecho izquierdo crecía y crecía sin parar y llegué a pensar que explotaría allí mismo.
Mi irritación creciente me hacía mascullar más y más burradas, cuando de repente noté que salía de mi cuerpo y sobrevolaba la calle viéndome a mí misma del brazo de Federico a lo largo de la rúa.
No era un espíritu ni un ángel ni nada parecido, mi cerebro procesaba rápidamente esta información. Simplemente sentí que me disociaba de mi cuerpo y me aterrorizó el hecho de sentirme fuera de mi funda terrenal.
En ese momento supe que padecía un terrible cuadro de estrés que me obligaría a someterme durante largos meses, tal vez años, a tratamiento psiquiátrico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario