¡Hola, Alberto!
Despierto de un mal sueño y ahora
soy capaz de ponerme delante de ti y decirte mis sentimientos.
¡Estoy harta de doblar tus
calcetines! Rojo con rojo; no, este es naranja… ¿Dónde está el otro naranja?...
¡Aquí está! Verde con verde; blanco y blanco;… rosa y el otro rosa… Pero ¿qué
hago? ¿Qué estoy emparejando, si todos son negros?
Efectivamente, todos son calcetines de hilo negros de marca Punto Blanco,
a los que les he tenido que poner una puntada de color para guardarlos doblados
cada uno con su compañero; aunque, en realidad, todos pudieran ser compañeros
de todos… ¿Cómo se puede ser de mente tan milimetrada? ¿Qué por qué lo digo?
¡Por todo!
Sí es cierto que de vez en cuando
recoges la ropa, pero eres incapaz de doblar mi ropa interior como a mí me
gusta. Incluso emparejas mal los sujetadores y las bragas, cosa “harto difícil”
cuando son piezas a juego… Pero con tu ropa es distinto: siempre tiene que
estar bien dobladita, bien guardadita…
Todo lo que hago es porque me lo has
mandado hacer así: los calzoncillos, doblados primero una pierna, luego la otra
y luego por la mitad.
Las camisas, planchadas sin ninguna arruga, dobladas manga y tercio
izquierdos primero, luego manga y tercio derecho y finalmente, sobre sí misma,
mostrando el cuello con todos los botoncitos bien atados.
Los pantalones… Siempre me has echado en cara que los plancho mal,
dejándoles una segunda doblez, y ¡ni qué decir del dichoso bolsillito que solo te
lo hace perfecto tu madre!
A ella jamás le has dicho que no soportabas las acelgas y cuando
regularmente te las pone, regularmente te las comes sin rechistar… cuando
puedes venir a casa a comer…
Es algo que no entiendo ni entenderé nunca: cuando en verano yo estoy de
vacaciones y pongo la comida a diario, tú no vienes a casa ¿para no darme
trabajo? Dices que bastante tengo con los niños: playa, ducha, comida y siesta,
y yo a esperarte, sin prisa, fregando, planchando, doblando los dichosos
calcetines…
Pasa la tarde y se despiertan Mikel y Aroa y salgo con ellos a los columpios, o a la piscina… y tú, como
cada día, llegas a las 8 de la tarde, a no hacer nada, a tumbarte, ver la tele,
descansar y yo sigo recogiendo, fregando…
Y así un día y otro… Es la fuerza de la rutina la que me ha mantenido
viva, pero ya no soporto más esta situación. No quiero seguir doblándote los
calcetines emparejados por marquitas de colores, no quiero planchar las camisas
ni los pantalones, ni quiero doblar los calzoncillos…
No quiero sentirme como una chacha ni estar a tu espera… Me siento vacía,
no me siento amada, sino utilizada. No me siento acompañada, sino abandonada,
olvidada.
Por eso, y porque ya estoy harta, te digo ¡adiós!
Teresa
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